Los viajes a Oriente que realizaron los musulmanes del entorno mediterráneo, generalmente con motivo del peregrinaje a La Meca, el hajj, dieron origen al nacimiento del género literario árabe, la rihla, que alcanzó su mayor esplendor en el siglo XI en el occidente musulmán, con las crónicas de viajeros tan notables como Ibn Yubair, Ibn Battuta, o Abu Hamid al-Garnatí. Siglos más tarde, Omar Patún, un viajero ciertamente anónimo, nos dejó un fascinante relato de su viaje en el que ofrecía importantes informaciones para aquellos andalusíes que tuvieran intención de realizar el hajj, describiendo del mismo modo los lugares santos, de veneración o de culto tanto para musulmanes como para cristianos.
Originario de Ávila, Omar Patún fue un mudéjar cuyo relato sobre su peregrinación a La Meca apareció de manera insospechada en el año 1988. Ocultos entre los muros de una propiedad que había pertenecido a un alfaquí (experto musulmán en leyes) de la ciudad de Calanda (Teruel), se hallaron unos manuscritos que muy probablemente escondió allí dicho alfaquí ante la inminente expulsión masiva de los moriscos en 1603. Los manuscritos, escritos en primera persona en aljamiado (castellano con grafía árabe), se encontraban en un estado muy deteriorado, a pesar de que habían sido envueltos cuidadosamente en una saca de arpillera. Sólo estaban datados dos de ellos, uno del 1 al 10 de julio de 1481, y el otro el 6 de septiembre de 1485. Debido a su mal estado, causado por el tiempo, la humedad y su precaria conservación mientras estuvieron escondidos, las primeras líneas de la mayoría de los folios habían desaparecido, pudiéndose descifrar solo algunos fragmentos en unos casos, y en otros ser totalmente ilegibles. Su caligrafía revela que el copista que intervino en la elaboración del texto no parece haber sido un verdadero profesional. Según el exhaustivo estudio de Xavier Casassas Canals[1], a quién debemos tan valiosas informaciones, se trataría de una primera copia realizada a toda prisa, a partir de un manuscrito que podría haber existido con anterioridad.
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La aljamía consiste en una escritura con caracteres árabes de lengua no árabe, muy común entre los moriscos de al-Andalus y los mudéjares que permanecieron en la Península Ibérica tras la conquista por los Reyes Católicos. Los textos aljamiados aparecían normalmente en textos romances incluidos en textos árabes. El mejor ejemplo lo encontramos en las jarchas, la composición poética que cerraba los poemas escritos en árabe culto, conocidos como moaxajas. Según algunas fuentes, las moaxajas tienen su origen en la lírica popular primitiva hispana, como el villancico o las cantigas de amigo[2]. Las jarchas o “cancioncillas árabes” estaban escritas en dialecto mozárabe o hispano-árabe coloquial tanto por autores árabes como hebreos. |
La particularidad del relato del viaje a La Meca de Ibn Patún radica, entre otras cosas, en que se trata de una narración única realizada por un mudéjar del siglo XV, en un texto aljamiado, tan común sobre todo en la zona de la que procedía nuestro personaje: Aragón y Castilla. Supone también un valioso material sobre los castellanos musulmanes de su época, de su práctica religiosa, que a menudo se ponía en duda, así como otros aspectos de su vida cotidiana. La fecha exacta del viaje de Omar Patún fue entre 1491 y 1495. La intención del relato parece ser ofrecer información a otros viajeros sobre el viaje a La Meca: se describen las etapas que componía el itinerario, dejando constancia de multitud de datos prácticos a modo de cuaderno de bitácora, como los gastos y las transacciones necesarios para usar los distintos medios de transporte durante el propio viaje. De igual modo, detalla con precisión las escalas, los lugares y ciudades que visitó en su recorrido hacia La Meca. Las incidencias y las tremendas dificultades que presentaba el viaje en aquellos tiempos constituyen una parte importante del texto.
El relato de Patún ofrecía importantes informaciones para aquellos andalusíes que tuvieran intención de realizar el hajj, describiendo del mismo modo los lugares santos, de veneración o de culto tanto para musulmanes como para cristianos.
Omar Patún estuvo acompañado durante el viaje por otro hispanomusulmán llamado Muhammad Corral, que aparece también en el relato.
“Partí de mi casa −con el poder de Dios, poderoso y grande− con mi compañero Muhammad Corral, al Reino de Cataluña. Llegamos a un río y desde aquí llegamos a la ciudad de Tortosa”.
Nuestros viajeros se dirigen a Valencia desde el Delta del río Ebro, una importante escala y el punto de partida de las rutas marítimas que viajaban por el Mediterráneo hacia Oriente. Desde allí continuaron viaje hasta Túnez, donde, por causas que no se conocen, tuvieron que permanecer durante todo un año. Tras conseguir embarcar de nuevo en una carraca genovesa con destino a Beirut, tuvieron que esperar aún varios días frente a las costas de Sicilia hasta que el viento les fue favorable. Después de tomar rumbo hacia las islas griegas, gran parte de la tripulación se vio afectada por una epidemia que afectó a su compañero de peregrinación, llegando a temerse por su vida.
Ante esta situación, el capitán del barco, a quien la epidemia le había arrebatado la casi totalidad de la tripulación, entre ellos a uno de los guías principales que conocía el levante mediterráneo, mandó alargar una semana más la espera antes de proseguir hacia un puerto del Egeo. Aquí, las autoridades no les permitieron desembarcar al saber de la epidemia que habían sufrido. Finalmente lograron atracar en una pequeña localidad de Turquía, Çeşme, donde la población reaccionó de manera desesperada ante el temor de contagio a través de los desembarcados. En este puerto hallaron la muerte muchas personas:
“Murieron aquí de los que desembarcaron más de cincuenta personas. Aquí murió el muftí de Granada y el alcaide de Guadix”.
Cuando lograron embarcar de nuevo, hallaron no pocas dificultades hasta alcanzar Bursa y Constantinopla, de la que escribe:
“Esta ciudad es de las más ricas de Turquía. Las principales calles de los mercaderes están cubiertas de bóvedas con sus luceros y tejados por encima, de plomo y ansí todas las más de las calles. En especial las mezquitas de toda la Turquía son muy ricas. Estuvimos aquí ocho días esperando recuas para Damasco, porque no había camino seguro, que habíamos de pasar junto a las tierras del gran tártaro y había ladrones”.
Este dato es importante, pues revela las importantes informaciones que ofrece a aquellos compatriotas andalusíes que, tras la conquista cristiana en el siglo XV, estaban dispuestos a acometer la peregrinación a La Meca. Aparte de los datos prácticos, se informaba de los peligros y riesgos que entrañaba el viaje, aportando asimismo valiosas indicaciones sobre geografía descriptiva y los lugares santos que visitaron, lugares de veneración, o de culto, tanto para musulmanes como para cristianos, como el referido a su visita a Alejandría, adonde arribaron tras dejar Turquía:
“[…] nos mostraron una gran visitación que hacen los cristianos en la calle donde fue justiciado San Marcos. Vimos las columnas donde asentaron la rueda donde martirizaron a Santa Catalina, y vimos la cárcel donde la tenía el emperador persa”.
En esta región, que acoge los territorios donde se hallan los principales hitos de la historia sagrada de musulmanes, judíos y cristianos, pudieron gozar de visitas privilegiadas como la visita a la tumba del profeta David a orillas del Éufrates, o al mausoleo de Sidi Sa’ad Al-Ansari, uno de los compañeros de Mahoma, en Alepo. Al llegar a Damasco cabe imaginar el asombro que debió de producir a este hombre, que apenas había salido de su pequeño entorno, el encontrarse ante la contemplación de la mezquita omeya y su magnitud. Escribe:
“Bien dijo el que la llamó paraíso terrenal. Que esta es una gran ciudad mayor que Alepo y más rica y viciosa de muchas frutas y por toda la ciudad hay caños de agua dulce”. En medio de ella hay una mezquita muy rica y grande […]. Jamás vimos tan rica mezquita como la de Damasco, que se llama Bani Umeya. Tiene tres torres […].”
Escribe que en esta mezquita se hayan dos de los manuscritos esenciales para el islam, dos páginas del Corán firmadas y escritas de puño y letra por el propio califa Uzman, uno de los primeros califas de la histórica del islam y compañero de Mahoma.
Su estancia en Damasco duró una larga temporada, lo que les permitió visitar diversos lugares de culto de las tres religiones del Libro. Se alojaron con otros paisanos de al-Andalus y del Magreb, que aprovecharon también el viaje para visitar aquellos lugares históricos o legendarios que hubieron de atraer su atención sobremanera; estamos hablando de la cueva en tierra cananea, donde según la tradición, creció Abraham:
“Fuimos con diez andaluces a la sierra que se llama al-Salihya a visitar la cueva donde se crio Abraham —sobre él sea la paz— cuando salió su madre con él huyendo del rey Nemrod, que mandó matar a todas las criaturas varones, y púsolo en aquella cueva”. También refiere el lugar donde Caín daría muerte a su hermano Abel, “la cueva en que se derramó la primera sangre en el mundo, cuando mato Caín a Abel. […] y desde aquí fuimos a visitar donde lo enterró”.
El viaje desde Damasco prosiguió hasta Jerusalén por mar desde el Sinaí. Allí visitaron los lugares sagrados del islam, y con la misma devoción los santos lugares de los cristianos: el río Jordán, siguiendo las huellas de San Juan Bautista o el Monte de los Olivos:
“[…] subimos al Monte Oliveto a visitar la alquba donde fue puyado a los cielos Jesús hijo de María y dejó señalado el pie derecho en una piedra en el mesmo monte. Cerca de esta alquba está enterrada la señora Al-Rabiʽa hija de Abraham […]. Fuimos a la otra parte de la ciudad a visitar el templo del rey David —sobre él sea la paz— que está debajo de la iglesia de Monte Sión. Hallamos cuatro frailes, el uno era de España, del reino de Cataluña, que le entendíamos muy bien la lengua. Abriéronnos la iglesia que es pequeña como una ermita, la puerta chapada de hierro. Entramos dentro y nos mostraron donde lavó Jesús los pies a los apóstoles, que estaba a la mano derecha del altar mayor. Nos mostraron como comió con ellos y fueron con nosotros a la casa de Anas y de Qayufas, que están una cerca de otra, y vimos la cámara y lugar donde le azotaron —esto según ellos. Me dijeron mostrándonos la piedra donde se asentó María cuando vio llevar al hijo, quedó allí desmallada como le vio llevar apresionado. Mostraron la casa donde moró María trece años y donde murió […]. Otro día fuimos a Galilea, que está a la otra parte del Monte Oliveto, donde decían que se ajuntó Jesús con sus apóstoles […]. En medio de la ciudad está la Iglesia Mayor donde está el sepulcro de su monumento. Estaban las puertas cerradas y sobre las cerraduras sus sellos. Y dentro estaban los frailes y llamamos y salieron. Hallamos por guardián un fraile castellano de la villa de Arévalo, llamado fray Agustín de San Francisco hijo de García de la Cárcel. Él nos mostró el lugar donde le crucificaron y la capilla donde le sepultaron —según ellos creen. Este fraile nos dio cartas para las tierras de señorías de cristianos, que pudiésemos pasar seguramente a Castilla”.
El viaje continúa hasta El Cairo, donde permanece siete meses. Esta prolongada estancia fue aprovechada para visitar un lugar de gran importancia tanto para musulmanes como para cristianos: el Huerto de Matária, donde según una tradición que trascendió los tiempos bíblicos, se refugiaron Jesús y María en su huida de Egipto, cobijándose en una higuera cuyo tronco se abrió para que pudieran esconderse dentro.
Abandona El Cairo para unirse a una caravana que se dirigía a La Meca. En su travesía a través del Sinaí pasaron por los pies de su monte, al Tawir, donde: “Moisés habló” y visitaron el monasterio de Santa Catalina, “donde había cuarenta frailes”.
Desde el puerto del Sinaí emprenden una penosa travesía a través de una peligrosa ruta marítima por el Mar Rojo. Llegan a Yeda, donde permanecieron cuatro días. La ciudad impresionó a los recién llegados por el dinamismo de su puerto, al que arribaban navíos con valiosas cargas procedentes de Oriente. De esta escala deja constancia de su visita al mausoleo de “[…] Nuestra madre Eva mujer de Adam −sore el sea la paz− […] “.
El objeto central del viaje, la peregrinación a La Meca, constituye la parte más importante del relato. Contiene sustanciosas informaciones sobre lugares de culto y ritos, detalladas descripciones como la que ofrece del exterior e interior de la Kaaba:
“[…] Por dentro tiene la Kaaba cobertura de seda colorada y blanca, y el techo tiene como joyas racimos de oro lo que me pareció; más yo pequé por mirarlo pues la escuela de Malik no da licencia de mirarlo y las otras sí. Estas joyas envían allí los grandes reyes”.
Omar Patún pensó hacer el viaje de vuelta por mar, considerando las dificultades que entrañaba la travesía del desierto y las muchas vicisitudes a las que habrían de hacer frente. Esto implicaba esperar la disponibilidad de naves para embarcar, y, tras un año de larga espera lograron abordar una galera veneciana con destino a Alejandría, donde tuvieron que enfrentarse a problemas en la aduana:
“Tuvieron embarazo los venecianos con los senores de la aduana, que nos detuvieron cinco días a su pesar, y con este enojo mando pregonar el capitán de las galeras con las trompetas que ningún patron fuese osado de llevar moro en las galeras, so pena de tantos ducados. Nos sacaron de las galeras y nos dejaron en tierra”.
En el relato de la vuelta, describe su paso por el Mar Egeo, y las distintas escalas por islas griegas, entre ellas en la “vivía el rey Paris el Troyano”. La convulsa actividad que agitaba el Mediterráneo en aquellos días queda descrita en la siguiente anotación que realiza al cruzar el Golfo de Venecia con destino a la isla de Malta:
“Desde aquí fuimos a Golfo de Venecia doce días en atravesarle y llegamos a la isla de Malta y quisimos tomar puerto. Ya queríamos echar áncoras cerca de la ciudad y vimos venir dos naves de armada y dejamos de parar en el puerto por miedo que eran corsarios o de la armada del rey de Francia”.
Al final fueron alcanzados por esta última: “Cargamos de velas y echamos a huir y ellos tras nosotros hasta que nos dieron caza. Desde amaneciendo hasta hora del ʽasr (oración de la tarde) y nos alcanzaron, que venian sus naves ligeras y la una de ellas abajo la vela de la caiba haciendonos senal que la esperasemos, lo que hicimos sin andar. Apareamos de mas de doscientos y cinco sacos de algodon y aparejamos mas de cien lombardas y todos armados y con ballestas y espingardas […]”.
Del regreso a Ávila de nuestro personaje no hay constancia, al no haberse hallado las últimas páginas de esta rihla. Pero sí hay constancia de que el mudéjar llamado Omar Patún consiguió llegar a Ávila, según distintas informaciones. Entre ellas están las crónicas cristianas del siglo XV, el testimonio de un alfaquí de Calanda que fue testigo del paso de Patún por Aragón cuando regresaba de su viaje a La Meca y el del Mancebo de Arévalo[1], que dice que leyó el manuscrito sobre este viaje.
Gracias al relato del viaje a La Meca de Omar Patún, las gentes de distinto credo de su época pudieron conocer los distintos lugares sagrados de Oriente.
[1] Universitat Salzburg (Austria). C.e.: Xavier.Casassas@sbg.ac.at. Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto de I+D ≪Tras las huellas de Abu Ali al-Sadafi: tradición y devoción en al-Andalus y norte de África (ss. XI a XIII d.C.) ≫ ref. FFI2013-43172-P financiado por el MINECO
[2] Cantigas de Amigo. La Cantiga es una forma poética medieval que, aunque originaria de la zona galaico-portuguesa, pronto se extendió por toda la Península Ibérica. Estaban destinadas a ser cantadas, y abordaban distintos temas, como las Cantigas de Amor y Cantigas Sacras, entre otros.
[3] El Mancebo de Arévalo fue un morisco de principios del siglo XVI, famoso por ser el autor de la Tafsira, un manual islámico que le encargaron en 1534 los moriscos de Zaragoza, obligados a convertirse al cristianismo en 1526.
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BIBLIOGRAFÍA «La Rihla de Omar Patún: el viaje de peregrinación a la Meca de un musulmán de Ávila a finales del siglo XV (1491–1495) = Omar Patún’s Rihla : The Journey of the Pilgrimage to Mecca of a Muslim from Ávila at the End of the Fifteenth Century (1491–1495)». en Espacio, Tiempo y Forma III. Historia Medieval, núm. 28 (2015), pp. 221-254. |
Lámina con una vista de Tortosa desde la zona occidental de la ciudad.
Vista de Tortosa. Tomo I, 1844. Buenaventura de Córdoba ©CC BY-SA 3.0
Bahía de Beirut
© Dorot Jewish Division, The New York Public Library. «Bay of Beirût» The New York Public Library Digital Collections. 1881 – 1884.
Escena de personas en Turquía con vistas de Constantinopla
©George Arents Collection, The New York Public Library. «Turkey, with a view of Constantinople.» The New York Public Library Digital Collections. 1801 – 1900.
Monasterio de Santa Catalina
©General Research Division, The New York Public Library. «Couvent de St. Catherine (Mont Sinaï).» The New York Public Library Digital Collections. 1830.
Vista de Jerusalén desde el Monte de los Olivos
©Dorot Jewish Division, The New York Public Library. «Jerusalem from the Mount of Olives» The New York Public Library Digital Collections. 1881-1884.
Monasterio de Santa Catalina, en el Monte Sinaí, con monjes conversando en el patio principal.
Litografía coloreada de Louis Haghe según David Roberts, 1849. ©CC BY 4.0
Poema de Yusuf, manuscrito aljamiado del siglo XIV.