Ibn Battuta, el viajero del islam

Nuestro viajero recorrió el Norte de África, Oriente Medio, el este y el centro de África. Tras este primer periplo regresó a la ciudad santa del islam, donde residió tres años, para viajar más tarde al sur de la Península Arábiga, el sur y sudeste de Asia y continuar por Egipto, Siria, la región turca de Anatolia, Rusia del sur y finalmente Constantinopla y los territorios de la Horda de Oro.

También vivió durante diez años en la India y en Maldivas, para emprender su viaje más hacia el oriente: Ceilán, Bengala, China… Hacia 1347 emprende el camino de regreso y llega a Fez en noviembre de 1349. Sus viajes a al-Andalus y al Níger culminan el extraordinario periplo del conocido como “viajero del islam”.

En la imagen se representa a al-Harith mientras ayuda a Abu Zayd a recuperar su camello robado. Ilustración de la obra Maqamat, de al-Hariri, según manuscrito del 1335 conservado en la Biblioteca Bodleiana de Oxford.

Existe un pequeño oratorio en Tánger al que resulta difícil llegar y del que pocos guías, y menos aún los turistas, tienen conocimiento. Allí se dice que reposa entre blancas paredes uno de los grandes viajeros de la Edad Media, el tangerino Ibn Battuta, viajero del islam. Y digo islam porque sus periplos cubrieron buena parte de lo que en el siglo XIV se entendía como islam, desde el Magreb hasta China.

Ibn Battuta representa para el mundo islámico lo que para el mundo occidental encarnan los viajeros como Marco Polo (con el que Ibn Battuta coincidirá en muchas de sus descripciones) o nuestro Ruy González de Clavijo y su embajada ante la corte de Tamerlán.

Todos ellos eran viajeros intrépidos que se aventuraron en ese Oriente desconocido, pero más al alcance de unos que de otros, puesto que Ibn Battuta aprovechará su condición de musulmán y su conocimiento del árabe para llegar hasta los confines de Oriente Lejano, sin dejar de atravesar tierra islámica y por tanto sometida a la utilización del árabe como lingua franca.

Su obra está recogida en su Rihla (relato de viaje), vocablo que nombra todo un género descriptivo que nace en el siglo XII a partir de los relatos de viajeros andalusíes y marroquíes, con antecedentes claros como al-Idrisi de Ceuta. Si bien en algún momento se ha dudado de la veracidad de la totalidad de su relato −ya que sus viajes se comenzaron a redactar prácticamente treinta años después de iniciados−, la comparación con las descripciones de otros viajeros de la época apoya la credibilidad de su obra, que ciertamente nos da una visión bastante correcta y ajustada del mundo musulmán del siglo XIV. En todo caso, el relato no fue redactado en su versión definitiva por Ibn Battuta, sino por el granadino Ibn Yuzayy, al que le fue dictado, detalle significativo de la relación existente en esa época entre ambas orillas del Estrecho. Ibn Yuzayy añadió de su parte un sinfín de florituras literarias, haciendo un desarrollo lineal geográfico de la obra que no fue siempre respetado por el viajero.

Ibn Batutta abandona su ciudad natal cuando cuenta 23 años, no volviendo a ella sino acercándose a la cincuentena, después de una singladura que le llevaría a lo largo y ancho de gran parte del mundo entonces conocido. Su época vive un momento histórico grave de la Baja Edad Media caracterizado por una crisis general que afecta a ambas orillas del Mediterráneo. Igualmente es tiempo de la expansión marítima cristiana, aunque en su caso nuestro autor apenas visitará estados cristianos. Como testigo de su época, experimenta los destrozos de la Peste Negra de 1348, de la que le llega noticia durante su estancia en Alepo (Siria). El azote de la plaga le pisa los talones volviendo a Marruecos, hasta el punto de referirse a la muerte de Alfonso XI de Castilla en 1350, afectado por la epidemia durante el cerco de Gibraltar.

Su vida peregrina comienza en el año 1325, en el que sale de Tánger con destino a La Meca para realizar su primera peregrinación. Atraviesa entonces todo África del Norte, pasando por Egipto, Palestina y Siria hasta llegar finalmente a su destino. Desde La Meca se encamina hacia su segundo viaje hacia Iraq, el norte del actual Irán y el Kurdistán, retornando a su punto de partida. Desde allí vuelve a salir, esta vez para recorrer el actual Yemen, Adén, y la costa oriental africana. Su siguiente periplo le llevará hasta la India atravesando Anatolia, parte de Rusia y Afganistán. En la India, entonces bajo el dominio del islam, permanecerá por un periodo de 10 años. Desde allí proseguirá viaje hasta Extremo Oriente y China, volviendo finalmente a La Meca en 1349. Pero no contento con ello, a su vuelta visitará un al-Andalus en declive y la Granada del sultán Abu Yusuf, y terminará por adentrarse en el África Negra, viajando al imperio de Malí.

En las tierras del Asia Central que atraviesa domina en su época el imperio mogol, y de ello nos dejará una vívida descripción. A su paso por la desolada Bujara reflexiona sobre las invasiones tártaras con estas palabras: “No hay hoy en Bujara nadie que sepa algo de las ciencias o se preocupe por saberlo”. Igualmente describe a Gengis Khan como el “maldito Tankiz el tártaro, de alma generosa, cuerpo vigoroso y de gran talla”, coincidiendo en esta imagen con la que ofrece Marco Polo. No faltará su desolación ante el destino final de Bagdad tras la invasión mogola, relatando cómo “entraron por las armas en la capital del islam, sede del califato, Bagdad, y degollaron al califa”.

En su visita a las islas Maldivas se sorprenderá de la cercanía entre ellas, afirmando que “cuando sales de una, ya ves aparecer las copas de las palmeras de la otra”. Finalmente, encontrará en Damasco el ejemplo de ciudad islámica y la utilizará como modelo de belleza y armoniosidad, gustando igualmente de utilizar introducciones de poemas para loar otras ciudades de la época con prestigio como Alepo y Bagdad. De China le maravillará el tamaño de sus ciudades: de Jansa (Hang Tcheou Fou) dirá que “es la mayor ciudad que mis ojos vieran sobre la faz de la tierra: su longitud equivale a tres días de marcha”.

 

Reproducción realizada por Hipplyte Leon Benett de un óleo que representa a Ibn Battuta en Egipto.

Hemos calificado a Ibn Battuta como viajero del islam, de forma no arbitraria, desde luego. Como profundo musulmán tomará La Meca como centro de sus viajes en sus sucesivas peregrinaciones a partir de ella. Pero su papel es también activo ejerciendo ocasionalmente de alfaquí (docto en leyes) en Extremo Oriente y seguidor de la ortodoxa escuela malikí. También resalta la organización de las zagüías (hermandades religiosas) que frecuenta para alojarse. Pone especial atención en señalar el estudio y difusión de las ciencias islámicas (con ejemplos de madrasas o casos de práctica judicial islámica). Aspecto particular de la hermandad musulmana por él señalada serían las Futuwwa de Anatolia, especie de asociaciones solidarias de jóvenes, de tipo místico.

Es también significativo el gran número de observaciones que lleva a cabo Ibn Battuta sobre aspectos económicos y sociológicos de las ciudades por la que pasa. Su referencia a los precios es paradigmática, revelando un gran interés por conocer cómo se desarrollan todo tipo de operaciones comerciales en reinos lejanos, y así lo manifiesta en su descripción del uso y acuñación de papel moneda en China, de los cheques al portador en Persia, o de los pagarés del Tesoro en Delhi (India). Sus descripciones llegan a ser prolijas en aspectos tan variopintos como los derechos de aduanas, minería, industria artesanal, el fomento del comercio o el movimiento de los barcos en los grandes puertos como Alejandría, Tirp, Calicut (India) o Zaytun (Tshiuan Tche-Fou) en China.

A la agricultura dedica especial atención, admirándose del verdor de los huertos de Basora (Iraq), de la que dice: “no hay lugar del mundo que tenga mayor número de palmeras” o la calidad de los melones de Corasmia (Irán), como también lo refleja Ruy González de Clavijo.

En su análisis, incluye igualmente opiniones sobre diversas minorías. Así, como hombre urbano que es, tacha a los beduinos de ladrones y destructivos, pero admira y expresa honda simpatía por los faquires y derviches de inspiración sufí. En cuanto a los judíos y los cristianos, su actitud general es tolerante, excepción hecha de los cristianos triunfantes de al-Andalus hacia los que se muestra muy agresivo. La situación de la mujer tendrá su lugar en sus descripciones. Recoge aspectos como los mecanismos legales de protección femenina y la alta consideración social de la que gozan las mujeres mogolas y bereberes, y la capacidad decisoria de las maldiveñas a la hora de casarse.

Fragmento del mapa catalán de Abraham Cresques (cerca de 1375) , correspondiente al estado mongol conocido como la Horda de Oro, que comprendía parte de los territorios actuales de Rusia, Ucrania y Kazajistan.

De las descripciones de Ibn Battuta nos han llegado multitud de detalles curiosos y que nos parecerían ingenuos en nuestra época. Así, nos relata como el pie de Adán fue llevado por los mongoles a China, y que habría estado en el pico de Adán o Monte Sarandib (Sri Lanka). Según su relato: “la huella del santo pie se halla en una roca negra, los chinos vinieron aquí tiempo ha y se llevaron el trozo del dedo gordo guardándolo en un templo de la ciudad de Zaytun, adonde van ahora en romería desde los pueblos más remotos”. U otros detalles de zoología exótica: “en Ormuz encuentra una cabeza de ballena que era como una colina, con ojos como puertas”, y a los hipopótamos de Níger los llama “caballos de mar”. Su fantasía de viajero medieval le llevará a imaginar que el río Nilo, el río por excelencia para él, cruza desde Tombuctú y Gao en Mali hasta Nubia, llegando a las cataratas Victoria.

El lado más humano de Ibn Battuta lo conocemos a través de muchas anécdotas. Hay que tener en cuenta que para un hombre de su tiempo la realidad estaba deformada en muchas ocasiones por la leyenda y cierto oscurantismo que acompañaba a la descripción de todo lo desconocido. En los frecuentes episodios novelescos que cita, denuncia aspectos como la práctica de artimañas y brujería de las mujeres. En la calificación a las personas tampoco huye a sus pasiones humanas, distorsionando su descripción según el trato que de ellas recibe.

Como en todos los periplos de la época, la parte de investigación y espionaje no es despreciable. Ibn Battuta viaja con el objetivo de recabar información para el sultán meriní Abu al-Hassan, y el modelo de organización política meriní será continuamente loado. Así, en una reflexión sobre los siete reyes más poderosos del mundo, figurará en primer lugar el de Marruecos. En el marco de política de unificación del Magreb que busca el sultán Abu Inan, sucesor del anterior, se explican sus viajes a al-Andalus y a Mali, el primero con el objetivo de asegurar la frontera marítima del Estrecho, refiriéndose igualmente a la presión corsaria sobre al-Andalus favorecida por los sultanes meriníes. Esta faceta de informador y espía para el sultán la desarrolla con multitud de detalles sobre la organización del poder en los lugares que visita (organización del ejército mongol, o la distribución del poder en China).

Vista de Granada. Civitatis Orbis Terrarum. J. Hoefnagel. ©Wiki Commons

Como hemos comentado, uno de sus últimos viajes lo realiza a al-Andalus, entonces ya prácticamente reducido al reino nazarí de Granada. Y lo relata con estas palabras: “Llegué al país de al-Andalus −al que dios guarde− donde la soldada es copiosa para sus habitantes y donde se atesoran los premios para residentes o viajeros…”. Precisamente cruza el Estrecho y desembarca en Gibraltar, pues Algeciras ha sido ya recobrada para la causa cristiana por un Alfonso XI que acaba de morir a causa de la peste. Tras visitar Ronda y Marbella “pueblecito hermoso y fértil”, y presenciar un incidente acaecido con el desembarco de un grupo de cristianos en Fuengirola, Ibn Battuta sigue camino a Málaga, que descubrirá como “una de las capitales más hermosas de al-Andalus, que aúna las ventajas de mar y tierra y abunda en productos y frutos”. Encontrará su mezquita de amplitud enorme, “con patios de naranjos inmensos sin semejante”, e igualmente hará comentarios halagadores sobre la calidad de la cerámica local. Desde allí se encamina a Granada: “Granada, capital del país de al-Andalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual entre las comarcas de tierra toda, cruzada por el famoso río Genil y por otros muchos cauces más”. En esa época reinaba en Granada el sultán Abu Yusuf, y durante su estancia en la ciudad se entrevistará con hombres notables tales como caídes y alfaquíes, antes de volver sobre sus pasos y embarcar hacia Marruecos desde Gibraltar.

Es notable la presencia de Ibn Battuta en el imaginario especialmente de las gentes del Magreb. Cuando alguien comenta por esos lares su afición por viajar suele ser acompañado del comentario: “Ah… ¡como Ibn Battuta!”, emitido al tiempo que se dibuja una sonrisa aquiescente, para subrayar que su figura es la del viajero por excelencia en esa parte del mundo.

Como colofón basta con citar cómo su cronista Ibn Yuzayy termina loando a Ibn Battuta, al que califica como “el viajero de la comunidad musulmana”.

 

Sergio Cebrián Sanz.

Escritor

 

 

 

     Bibliografía
     Ibn Battuta. A través del islam. Traducción de Serafín Fanjul y Federico Arbós. Editora Nacional, Madrid, 1981.

 

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