«EI cabo Sunión es una parte de territorio de Ática que se proyecta desde el interior de Grecia hacia el mar Egeo y las lslas Cícladas. Si navegamos en torno al cabo llegamos a un puerto; en la punta del cabo se encuentra el templo de Atenea de Sunión. Si seguimos navegando llegamos a…».
Así comienza a media res el Periegesis Hellados de Pausanias, si utilizamos el título original en griego, o como lo hubieran titulado en latín sus contemporáneos romanos Descriptio Graecae, conocido en nuestros días como Descripción de Grecia.
El libro de Pausanias es considerado como la guía de viaje más antigua que ha sobrevivido, aunque su información práctica y organización logística resulta sorprendentemente útil para los modernos turistas, pues ofrece una descripción detallada de los monumentos de la Grecia clásica y enclaves que, en sus palabras «merecían ser visitados» —expresión a menudo utilizada en las guías de viaje—. «En mi relato —escribía— he preferido escoger aquellas cosas que merecen más la pena, de entre una multitud que no merecen ser contadas».
Las descripciones que hacía de este a oeste estaban divididas en secuencias, fieles a la selección que un mismo lector griego actual hubiera hecho de lo más importante de su país: Ática y Atenas, primero, ya que la mayor parte del turismo llega por aire. Esto difiere del tratamiento que hace Estrabón, que describía Grecia —escribiendo desde Roma— de oeste a este facilitando la tarea a sus lectores, que llegaban por barco desde ltalia a través del Mar Jónico.
El Periegesis se divide en diez capítulos, cada un escrito por separado en otros tantos rollos, que cubrirían cada uno una región diferente: desde Beocia, en el norte, hasta Laconia, en el sur, en los que Pausanias describía meticulosamente lugares como Élide, cuna de Olimpia y sus famosos juegos, Fócida, lugar del oráculo de Delfos, y Ática sede de Atenea y la Acrópolis.
De cada uno de esos lugares Pausanias describía cosas maravillosas que ya no existen: estatuas que se llevaron los romanos, templos devastados por la ruina absoluta, y altares que fueron destruidos por las posteriores invasiones de los bárbaros. Es como si alguien visitara España en el año, pongamos por ejemplo 3700, el mismo número de años que separa a un lector actual del Periégiesis, desde que éste se escribiera, y se basase en la descripción de la Alhambra, El Escorial o la ciudad de Toledo, para poder imaginar lo que el tiempo habría devastado.
Un viajero de la época de Pausanias podría desenrollar y leer un pergamino en cada hito a lo largo del itinerario, de igual modo que hoy el moderno turista lee sus guías a partir de traducciones, ojeando sus ediciones de bolsillo capítulo por capítulo. Pero desde luego, algunas de esas traducciones modernas han tenido que rehacer los capítulos de la obra original, ya que las secuencias del itinerario de un turista moderno que recorra Grecia son muy diferentes, sobre todo debido a la existencia de autopistas y aeropuertos, y a que el viajero de aquellos tiempos tenía que superar las distancias en barcos y a lomos de mulos.
En el Periegesis encontramos a menudo puras disertaciones sobre la descripción de un enclave a lo largo y ancho de su historia y relacionado con la topografía circundante, al tiempo que incluye leyendas de los héroes, de los mitos y cultos religiosos. La asombrosa cantidad de detalles que ofrece Pausanias sobre el proceso del peregrinaje, rituales sagrados y práctica religiosa llamó tanto la atención de James Frazer (autor de The Golden Bough, La rama sagrada) que le llevó a traducir al inglés el Periegesis, en el año 1898, con un monumental comentario a la obra que ocupó cuatro volúmenes.
En palabras del propio Pausanias, lo que intentó era encontrar un equilibrio entre la historia de los lugares (logoí) y sus vistas (theromata), actuando siempre como testigo ocular (autoptes). Estaba mucho más próximo a Heródoto, considerado el padre de la historia, que de Estrabón, considerado el padre de la geografía. Pausanias era mucho más partidario de la «autopsia», palabra que en griego significa literalmente «visto por uno mismo».
Al contrario que otros escritores clásicos, cuyos libros personales de viajes se produjeron a partir de fragmentos o citas de las obras de otros, Pausanias estuvo dispuesto a hacer él mismo ese largo y duro viaje, y llegar hasta lugares arriesgados. Más de una vez encontramos entre sus escritos líneas como «el camino es más fácil de hacer para un hombre a pie envuelto en una buena túnica, que para los caballos o mulos», o «el viaje es turbulento y tortuoso».
Una vez, visitó el templo de Apolo en Bassai —que fue diseñado por lktinos, el mismo arquitecto del Partenón— adonde llegó trepando por un desfiladero de cabras. Se trataba de una cumbre empinada y peligrosa en Arcadia, de 4.000 pies de altura; un lugar tan remoto que sólo fue redescubierto de manera fortuita en 1760 por un viajero francés que perdió allí mismo la vida a manos de unos bandidos para robarle los botones de latón de su abrigo.
El libro de Pausanias fue catalogado por un erudito actual como «una feliz supervivencia, un maravilloso cuerno de la abundancia, una antecesora de la Guía Baedeken y una sólida fuente; la mina en la que encontrar nombres y lugares, fragmentos de la historia e interpretaciones de los mitos».
De hecho, el libro apenas sobrevivió a la Era Clásica. La primera vez que se menciona su título fue trescientos años después de haberse escrito, en un documento hallado en Constantinopla, y el único manuscrito que sobrevivió a la Edad Media, de aproximadamente 900 páginas, vio la luz en Florencia, el siglo XV.
Poco es lo que se sabe del mismo Pausanias, sólo lo que refiere el propio libro: que nació a principios del siglo ll, probablemente en la ciudad lidia de Magnesia de Sípilo; la actual Manisa, cerca de la costa de Asia Menor en el mar Egeo. A lo largo de su vida viajó más ‘allá de las fronteras de Grecia’, y conocía de primera mano el Alto Egipto, Roma, Palestina, Siria, Macedonia y gran parte de Asia Menor. Creemos que escribió el libro durante el periodo de treinta años en los que viajó repetidamente al interior de Grecia. Lo que es seguro es que era un claro helenófilo, que sentía poco respeto por la cultura y el arte romanos, porque, habiendo escrito su obra trescientos años después de que los romanos conquistaran Grecia, mencionaba sólo unos de los pocos monumentos que construyeron —a excepción de los que edificara Adriano— incluso a pesar de que su descripción de otros enclaves era exhaustiva. Era un admirador principalmente de la Grecia clásica, y se lamentaba de las muchas estatuas que habían expoliado los romanos.
Pausanias se cuidaba mucho de criticar abiertamente a los romanos: Sólo una vez escribió sobre «las calamidades que ocasionaron al conquistar Grecia en el año 146 a.C.». Cada vez que mencionaba cómo habían saqueado sus antigüedades, casi pedía disculpas. En una ocasión escribió acerca del robo de una estatua de una Atenea alada del templo de Tegea, tras derrotar al emperador Augusto a Marco Antonio y sus aliados, casi disculpándolos: «Parece ser que Augusto no fue quien empezó el saqueo de los vencidos de las placas y estatuas de los dioses, sino que utilizó una antigua tradición ya establecida».
Él mismo fue quien definió el templo de Tegea —que los godos destruyeron dos siglos después de su visita— como el más bello de todo el Peloponeso. El lector moderno es realmente afortunado al poder gozar de una completa descripción de sus columnas y frontones. Y más suerte todavía tenemos de poder contar con la descripción que Pausanias hizo de la expoliada imagen de Atenea —»hecha toda de marfil por el escultor Endios»—, cuando más tarde visitó Roma y se la encontró instalada en el Foro de Augusto, junto con otros tesoros robados. Uno se pregunta si Pausanias se inspiró al escribir el Periegesis, al menos en parte, en el ejemplo ofrecido por el emperador Adriano, que reinó mientras nuestro autor era joven. Adriano fue quizá el mayor helenófilo de Roma, al que en Hispania llamaban graeculus o el «grieguito» dado su amor por los estudios griegos.
El emperador visitó Grecia tres veces durante su mandato y vio casi la mayoría de los cientos de lugares que describió Pausanias. ¿No hubiera sido útil que Adriano hubiese podido consultar esta misma guía?
No hay turista que visite Olimpia en nuestros días al que no se le muestren los restos del taller de Fidias, creador de la famosa -aunque perdida hace mucho tiempo- estatua de Atenea que se hallaba en el interior del Partenón, así como de la colosal estatua sedente de Zeus que se realizara ahí mismo. La ubicación de este taller se ha confirmado hace sólo cincuenta años cuando al desenterrarse un trozo de una copa que contenía la inscripción: «Pertenezco a Fidias». Pausanias, que estuvo dentro del taller en ruinas seiscientos años después de la muerte de Fidias, describió su localización exacta.
Otra insinuación tentadora sobre el arte de la Edad de 0ro de Grecia que se ha perdido es la descripción que hizo del fresco enormemente popular del pintor Polygnotos, maestro de Fidias, que adornaba los cuatro muros interiores del hoy desaparecido lesche de Cnidios, o Casa de Encuentro, de Delfos. Los dos temas del magnífico fresco que mostraba a los griegos de Troya a la derecha, y a la izquierda el descenso de Odiseo al Hades. Pausanias ofrecía detalles suficientes —qué persona estaba representada, dónde se sentaba, o permanecía en pie, cuál era su aspecto y cómo iban vestidos— como para que los estudiosos modernos pudieran recrear dicho fresco figura por figura.
A Pausanias sólo le faltó mencionar el color del fresco en su descripción, excepto una pequeña observación sobre el pigmento que se usó para la piel del eurynomos —o espíritu demoníaco que comía carne humana, que aparece en la escena del averno, que era «entre negra y azul»— y continuaba — «del color de las moscas que se posan en la carne». Todo lo que hoy queda de ese fresco es un borrón del pigmento azul original. ¿Podría ser ese el diablo? Pausanias se refería a menudo a los reconocidos maestros de la literatura y la historia griegas que le precedieron, como Homero, Heródoto y Hesíodo, cuando necesitaba que alguno de sus argumentos cobrara mayor autoridad. «Como atento lector de Homero, estoy seguro de que…», habría de escribir sobre algún pequeño detalle u otra pérdida, tanto en sus tiempos como en los nuestros, en las tinieblas de la historia de la antigüedad.
Sin embargo, era muy honesto cuando no sabía o no podía aclarar algo. «No había nada que pudiera aprender de los guías», escribió sobre la historia de Etra, princesa de Trecena, que se quedó encinta al acostarse con dos la misma noche: con Egeo, rey de Atenas, y con el dios Poseidón, dando a luz más tarde al héroe Teseo.
Pausanias hizo un acertado comentario sobre los guías de los sitios turísticos populares: «Los guías de Argos —escribió— son conscientes de que no todas las historias que cuentan son verdad, aunque las siguen manteniendo, porque no es fácil persuadir al público para que cambie su opinión». Así, reconocía de manera subrepticia que a los mismos turistas les gustaba a menudo que se les engañase, con tal que los adornos de la «ficción» hicieran más entretenida la aridez de los «hechos».
En Olimpia, Pausanias rindió tributo a un guía que se llamaba Aristarcos que ganó un premio por contar el cuento más largo. «Sería un error si pasara por alto esta historia» escribió en admiración a la seria exageración de este guía. Aristarcos le dijo a Pausanias que había encontrado el cuerpo de un soldado eleo —que había muerto muchos años antes mientras se defendía de sus atacantes— que se conservaba perfectamente entre las juntas de un tejado del templo de Hera. «Tengo por misión registrar las tradiciones griegas, pero no tengo como misión creérmelas todas» escribió dándolo todo por bien entendido.
Pero aunque Pausanias prestaba la máxima atención a la arquitectura, la pintura y la escultura, no era ajeno al paisaje y la agricultura. A menudo, escogía —al estilo de los comentarios gastronómicos de las guías modernas— algunas especialidades regionales, como las naranjas y uvas de Mesenia, la miel de Himeto, y las aceitunas de Cinuria sobre las que recalcaba especialmente las del Monte Parnaso de Delfos sobre el que escribió que «el aceite de los olivos de Vitorea tiene una producción inferior al de Ática y Sición, pero por su color y sabor es incluso mejor que el de Hispania o de la isla de lstria. Es utilizado para destilar todo tipo de ungüentos aromáticos, y es el aceite que le llevan al emperador».
¿Cómo decidía Pausanias las regiones de Grecia que incluiría en su guía? ¿Dónde comenzaba y donde acababa —desde su punto de vista— el territorio griego? Escribió que su intención era describir «todos los temas griegos», de modo que resultaba comprensible que dejara fuera a Macedonia y Tracia, que eran consideradas tierras interiores medio bárbaras por las orgullosas cabezas pensantes de los helenófilos, pero ¿por qué no escribió sobre Tesalia, las islas del Egeo, ni sobre las grandes ciudades griegas de Sicilia e Italia? Parece ser que, bajo la dominación de Roma, Pausanias quería que sus colegas griegos se centraran más en la energía de su espíritu que en la extensión geográfica de su civilización. Le preocupaba que los griegos, que ahora estaban diseminados por todo el mundo conocido, empezaran a olvidarse de donde venían. El Perigeisis trataba de ser este recordatorio, y por este motivo escribiría lo mismo sobre Arcadia —pobre en monumentos, pero rica en mitos y leyendas sobre Atenas. ¿Fue acaso la motivación religiosa la que le impulsó a escribir a Pausanias? ¿Fue tal vez más un peregrino religioso que un visitante cultural? Estaba claramente más interesado en los enclaves y monumentos espirituales —como templos y manantiales benditos, altares y grutas sagradas— que, por ejemplo, en las estancias municipales (bouleterion), las salas de conciertos (odeion) o los archivos (metroon). Al igual que las guías actuales informan a los visitantes que al entrar en las mezquitas se tienen que quitar los zapatos, o que las mujeres deben cubrirse las cabezas; Pausanias les enseñaba a los lectores cómo se tenían que acercar hasta el sepulcro de un dios o diosa en concreto. En Olimpia, escribió, «hagamos un recorrido por todos los altares. Lo haré en el mismo orden que dicta el sagrado oficio para ofrecerles sacrificio. Primero se sacrifica a la diosa del Corazón, luego al Zeus del Olimpo, en tercer lugar…», y así sucesivamente.
Algunas guías van más lejos todavía, como cuando explican, por ejemplo, cómo encender velas a un santo católico o cómo pagar a un sacerdote hindú para que realice un ritual. Del mismo modo Pausanias explicaba los detalles del procedimiento de un devoto. En el sepulcro de la diosa Figalia escribió: «según observan las tradiciones locales, no sacrificaré nada… la ley sagrada de su sacrificio dicta que los frutos de los árboles de cultivo, panales de miel y lana se dejan en el altar, una vez se ha vertido aceite sobre ellos».
Sin embargo, algunas prácticas eran sólo para iniciados. Sobre los rituales sagrados del templo de los Cabiri en Beocia escribió: «el curioso tendrá que perdonarme por guardar silencio». En el lago sagrado de Alcione, donde Dionisos descendió al Hades para rescatar a su madre, la mortal Sémele, escribió: «Sería un sacrilegio si yo informara al público sobre la celebración nocturna que tiene lugar cada año».
Pero Pausanias era en el fondo un escéptico religioso, como se desprende de su visita a un lugar llamado «el lecho de Acteón» en el monte Citerón, donde se despliegan muchos mitos griegos. Aquí se decía que Acteón había espiado a Artemisa, diosa de la caza, mientras se bañaba desnuda, tras lo cual, en un rapto de ira, le convirtió en ciervo para que sus propios perros de caza lo despedazaran.
Pausanias vuelve a contar la historia, pero añade una explicación alternativa, tan simple como que los perros habían contraído la rabia, y que Acteón estuvo en el lugar equivocado en un momento inoportuno. «Estoy seguro de que no tuvo nada que ver con los dioses», escribió sobre la muerte de Acteón. «Sólo fue una locura contagiosa que afectó a sus perros de caza. Se volvieron locos, y hubieran destruido a cualquiera que se hubieran encontrado, sin distinción de ninguna clase».
Para poder comprender la significación de lo que Pausanias escribió en este libro deberíamos preguntarnos: ¿Qué significaba realmente la idea de «viaje» para los griegos? Para estos pueblos extensos, que vivían al otro lado de las montañas y mares lejos de sus ciudades y lugares sagrados, el viaje era una actividad cotidiana, tanto como podía ser cocinar o pescar, un medio con un fin, una de las tareas más necesarias de la vida, un asunto de ir meramente «de aquí para allá». Desde luego no era la mejor manera de mostrar su grandeza —para eso estaba combatir contra la Hydra, o limpiar los establos de Augías, que le pregunten a Hércules.
En sólo dos trabajos anteriores el acto de viajar constituía el principal tema del autor. En la Odisea, el viaje representaba la ocasión para hablar de un héroe griego. En el Anabasis de Jenofonte escribe sobre el mismo a través del viaje, Herodoto viajó por el mundo para poder escribir la historia, mientras que Estrabón viajaba solo para escribir sobre geografía.
Pero el Periegeisis era diferente; era un libro principalmente sobre viajes con un fin en sí mismo. Podría decirse que hasta los tiempos de Pausanias los griegos viajaban para poder vivir. Después de Pausanias, y especialmente para esos inveterados turistas con los que todos nos encontramos en cualquier lugar hoy en día, vivir para poder viajar es algo corriente.
Por Louis Werner (1954-2025). Escritor y cineasta de Nueva York.
La Atenea Giustiniani.
Esta imagen muestra la Atenea Giustiniani, una famosa escultura romana de mármol que representa a la diosa griega Atenea. Se trata de una copia romana del siglo II basada en un original griego de bronce que data de finales del siglo IV a.C. La estatua muestra a Atenea con casco, lanza y una serpiente enroscada a sus pies, simbolizando su protección sobre Atenas. ©Museos Vaticanos en Roma.