Paul Klee, Túnez y el color

 

En abril de 1914 un pintor suizo llega a Túnez. El tópico romántico parece haberlo guiado: el viaje al norte de África, a lo exótico y misterioso (al menos para Ia conciencia occidental), a lo luminoso desconocido que tanto estaba de moda a principios del siglo XX. Los artistas europeos reproducían una imagen folclórica, resultado de un “orientalismo fácil”, descubierto por el romanticismo francés, sobre todo después de la colonización de Argelia. Las obras pictóricas repiten motivos y temas, como si fueran a ilustrar pasajes de las Mil y una noches: mujeres envueltas en telas de color, beduinos sobre sus camellos, escenas de un harén… imágenes de un mundo desconocido e incomprensible, pero con éxito en el mercado del arte.

Sin embargo, aunque parezca una moda que se repite, la pintura de Paul Klee no se detiene aquí, y los resultados del viaje -acuarelas, dibujos y escritos- acaban por desbordarlo.

Paul Klee (1879-1940), hijo de un profesor de música, realizó estudios clásicos en Berna (Suiza) y se matriculó en la academia de Munich donde se familiarizó con las teorías del Jugendstil, que puso más tarde en práctica. Regresó a Berna y se centró en la música, la lectura de los clásicos y en la observación de las obras de Blake, Klimt, Goya y, en París, de Leonardo y Rembrandt. Posteriormente, realizó una serie de dibujos inspirados en Van Gogh, Cézanne, Matisse y otros pintores de la escuela francesa. En 1911 entró en contacto con el grupo Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), lo que le permitió conocer a V. Kandinsky y E. Marc, así como a Kubin y a Macke. En París se relacionó con Delaunay y el clima cubista y centró definitivamente su interés en el movimiento y el tiempo, la luz y el color, con primacía sobre los valores psicológicos de las formas. El viaje que realizó a Túnez la primavera de 1914, considerado a menudo como momento clave para la historia de la pintura, le da las respuestas sobre cuestiones fundamentales.

Fructífero viaje

Nuestro artista llega a Túnez acompañado por dos amigos, también pintores, August Macke y Luis Moilliet, pensando que el viaje en común sería más fructífero que en solitario. Klee es el único del grupo que plasma su visión en un diario de viaje, donde se comprueba que la estancia de solo trece días −corta pero intensa− significó un cambio profundo en su visión de la problemática artística.

Klee consiguió financiar su viaje vendiendo un gran número de cuadros a un farmacéutico de Berna, y tras recibir el pago, viajó junto a Moillet a Marsella para reunirse con Macke. En Túnez fueron recibidos por el por el Dr. Jäggi, amigo de Moillet, cómicamente sobrio y seco, según las anotaciones del diario de Klee, y se alojaron en su casa. Después de tres días en Túnez, los tres pintores visitaron la finca del Dr. Jäggi en St. Germain, y desde allí fueron en automóvil a Sidi Bou-Said y a Cartago, desde donde tomaron el tren para Hammamet y, de allí, a Kairuan. No queriendo continuar el viaje, Klee regresó antes de lo previsto. Sus dos amigos se quedaron en Túnez unos días más.

Personalidad

La personalidad de Klee, inclasificable y singular, estaba alejada ya de las dos corrientes dominantes de su tiempo, del formalismo representativo y de la abstracción. Según Klee «el arte no reproduce lo visible, hace visible», y «cuanto más espantoso se vuelve el mundo, más abstracto pretende ser el arte, mientras que un mundo feliz produce un arte inclinado hacia aquí abajo». Klee es de estos raros pintores cuyas notaciones intelectuales coinciden con las intenciones artísticas. Si lo que busca es la exacta coincidencia entre la materia y del sueño, entre la realidad y de la fantasía, concibe esta relación en su sentido pleno: el descubrimiento de un cosmos cargado de signos, cuyo significado no se conoce todavía.

Lo que a lo largo de toda su actividad constituirá el objeto de su investigación es precisamente descubrir y preservar la imagen en estado puro. Lleva a cabo un cauteloso y delicado trabajo de sustitución que consiste en ofrecer a la imagen, hecha de una sustancia puramente mental, esa materia a la que casi por milagro se podrá trasladar y hacerse consistente.

La cuestión de Ia luz en la pintura había ocupado a KIee antes de realizar el viaje a Túnez. En 1913 tradujo el artículo “Sobre la Luz” de Robert Delaunay para la revista Der Sturm en Berlín. Los argumentos que Delaunay desarrollaría en dicho artículo serían asimilados por Klee en lo sucesivo hasta apropiarse de ellos.

El pasaje del artículo de Delaunay que parece que tiene relación directa con una obra de Klee de 1914, (Ladera) es el siguiente: Mientras el arte no se libere del objeto, seguirá siendo descripción, literatura, se seguirá rebajando a la esclavitud de la imitación.  Esto vale también en el caso en que se subraye la luminosidad de un objeto o la relación entre la distinta luminosidad de varios objetos, sin que la luz misma se represente como tal.

La historiografía clásica hace coincidir la plena reintegración del color y de la luz en la práctica artística de Klee con este viaje a Túnez. Los fragmentos de su diario iluminan este proceso.

Martes 7 de abril. Por la tarde aparece la costa africana. Más tarde se deslinda claramente la ciudad árabe. Sidi-Bou Said, una loma sobre la que crecen con un ritmo riguroso blancas casas. Un cuento de hadas hecho realidad, sólo que aún estaba fuera del alcance de la mano, un poco lejos, pero aun así muy claro… El sol expresa una fuerza sombría. La luminosa claridad en tierra firme es prometedora.

Miércoles 8 abril. Túnez. Todavía tengo la cabeza llena de las impresiones de la noche anterior: Arte-naturaleza-yo. Me puse de inmediato manos a la obra y pinté acuarelas en el barrio árabe. Me lancé al ataque para obtener la síntesis de la arquitectura urbana con la arquitectura pictórica. Aún no es puro, pero sí es atractivo; tiene bastante de humor de viaje y entusiasmo, justamente el Yo. Más tarde llegaré a ser objetivo, en cuanto el hermoso humo se haya disipado.

Sábado 11 de abril. Algunas acuarelas en la playa y desde el balcón. La acuarela de la playa es todavía un poco europea. También podría haber sido pintada en los alrededores de Marsella. Pero con la siguiente logré expresar por primera vez lo que es África. El calor sofocante puso su parte.

Domingo de Pascua, 12 de abril. El anochecer es indescriptible. Para colmo va apareciendo la luna llena. Louis me incita a que lo pinte. Le digo que será un boceto todo lo más. Y fracasé, naturalmente, ante esta naturaleza. Pero sí sé un poco más que antes. Conozco la diferencia entre mis recursos y esta naturaleza.  Es un asunto interno para los próximos años.  No me siento deprimido por este motivo. No hay ninguna prisa cuando se desea tanto. Este crepúsculo permanecerá dentro de mí de manera profunda y permanente. Cuando la clara luna del norte se levante, me recordará esta noche como reflejo mortecino y me servirá como advertencia una y otra vez. Será como mi novia, como mi otro Yo. Un estímulo para encontrarme. Yo mismo; en cambio, soy la salida de la luna del sur. 

Jueves, 16 de abril. Pinté muy temprano en las afueras de la ciudad, una luz ligeramente difusa, suave y clara. No había niebla. Luego dibujé adentro…

Dejo ahora el trabajo. Me siento tan profunda y tranquilamente compenetrado con el ambiente, que lo siento seguro, sin esfuerzo. Me siento dominado por el color. No necesito buscarlo fuera; me tiene para siempre, lo sé bien. Y este es el sentido de la hora feliz: yo y el color somos uno. Soy pintor.

En Saint-Germain, a las afueras de Túnez, Klee pinta diversas acuarelas con motivos de playa, jardines y asuntos urbanos. Para alcanzar los efectos de luz deseados, se sirve de la transparencia de la acuarela y la condición del papel. La estructura de las imágenes se articula con planos cromáticos dispuestos ocasionalmente y representando la condición paisajística gracias a la existencia de la profundidad. Las acuarelas están penetradas de sol y luz. La luminosidad del norte de África, a la que se refiere en sus anotaciones, afecta a la nitidez de las formas también al cromatismo de las superficies que se difuminan y confunden, translúcidas apoderándose el color de la naturalidad de las cosas.

Dibujo y color

No obstante, el dibujo no está totalmente ausente, a pesar de la exuberancia del color. A través de las capas rojas, amarillas y azules se descubre toda una actividad gráfica, discreta pero perfectamente legible, cuya constatación permite precisar la génesis, así como una parte de los sentidos que las propias obras contienen.

Un buen ejemplo de esta combinación del color y del dibujo, es el cuadro Casas rojas y amarillas en Túnez. Los árboles los edificios e incluso las personas se distinguen entre colores superpuestos, transparentes y luminosos.

La producción artística realizada en Túnez introduce de manera definitiva un cambio que se intuía en años anteriores: la representación se sustituye por la evocación. El parecido de lo que se percibe, de lo que está ante los ojos, cede su lugar a lo evocado por la imaginación y el recuerdo. El cuadro Tapiz de recuerdo es un ejemplo de este proceder. La acuarela es un entramado de signos, colores y formas y su arquitectura rememora los días vividos y los paisajes contemplados. Gracias a su fondo borroso, de alfombra vieja, la impresión que da el cuadro es la de una tela cubierta de misteriosos signos que recuerdan culturas y tiempos remotos. El propio título de la obra afirma su doble condición: entramado de los motivos que la memoria asocia y teje, y síntesis técnico-formal que constituye el tapiz, en el que han desaparecido el arriba y el abajo, la derecha y la izquierda, dominando ahora la estructura del textil, no la de un cuadro.

Klee se muestra sensible frente a estos signos de un lenguaje perdido dispersos por la ciudad tunecina, en los tatuajes de los cuerpos, en los estampados de las telas, en los muros de las mezquitas. Por eso, su mirada no tiene interés fotográfico o de coleccionista, y trata estos signos no como cosas sino como elementos de una conversación infinita, juega con su sintaxis para llegar a la forma.

Ante las puertas de Kairuán es uno de los últimos cuadros que pintó en Túnez, justo el mismo día en que anotó en su diario que se había convertido en un pintor. Los delicados matices de las superficies superpuestas forman una continuidad entre cielo y tierra, cuya lenta disolución puede presenciar el espectador si mira el cuadro detenidamente.

En las acuarelas abstractas se conservan siempre las tonalidades luminosas y la transparencia del color revela su origen: la sensación de la luz y el sol del Mediterráneo, la densidad y transparencia del aire de Túnez. Una de las acuarelas abstractas, cuyo título se refiere a Kairuán, es En el estilo de Kairuán, transpuesto a una forma moderada. La obra está compuesta a base de rectángulos desiguales, grandes y pequeños, con algunos círculos inscritos en ellos. La distribución de los colores es desigual y predominan los tonos opacos marrón, verde y rojo, con excepción de los tres grandes círculos de amarillo luminoso. La acuarela parece ofrecer la vista de una ciudad desde arriba, como a vista de pájaro.

Domingo, 19 de abril. Salida de Túnez. Primero los preparativos de viaje. Muchas acuarelas y otras cosas más. La mayoría estaba dentro de mí, muy profundo, pero tan repleto que se manifestaba a cada instante… A las cinco de la tarde embarcamos. Macke y Moilliet se quedan todavía por unos días. Yo me siento un poco intranquilo, estoy demasiado lleno, tengo que trabajar. La gran cacería ha llegado a su fin. Tengo que elaborarla. 

Klee se embarcó el 19 de abril con destino a Nápoles. El 22 pasaba por Berna, y el 25 estaba de regreso en Munich. Tres meses después de su regreso a Europa, Alemania declaró la guerra a Rusia e invade Francia. August Macke moriría en el campo de batalla. Klee permaneció en Munich, pintando. Lo que se llevó de Túnez estará presente en su obra pictórica, la luz y el color le permitirán encontrar su propio estilo de pintar.

Por Vasily Kanelliadou​. Historiador del arte.

 

 

 

 

 

 

 

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