Niebla, lejana y sola​

Rodeada por el mayor recinto amurallado de Europa, Niebla custodia importantes tesoros artísticos de distintas épocas y diversos entornos. Su historia merece ser contada.

La vieja carretera que unía Sevilla con Huelva atravesaba el puente romano, defendido, atacado, remendado cientos de veces, para bordear a continuación el lienzo de murallas con sus puertas casi intactas y llegar, por segunda vez, a las aguas cárdenas del río Tinto.

Ahora desde la autovía tan sólo son visibles los remates de una cementera: Niebla se pierde, como si nunca hubiera gozado de un lugar estratégico, como si no hubiera jugado un papel en la Historia de esta tierra de mil historias.

Sin duda, su ubicación en el territorio  ̶ entre el Norte minero y el Sur marengo, entre Mértola y Silves en Poniente y Sevilla en Levante ̶   le reservó un papel importante durante mucho tiempo, desde antes de los años de Roma, aquellos a los que los segundones de las familias de la nobleza castellana se hacían más grandes que los primogénitos luchando contra los moros, porque así fue aquella y todas las fronteras.

Lienzo de muralla de Niebla. ©Xurxo Lobato

Las murallas están ahí, basta desviarse apenas un kilómetro para poder contemplar de nuevo su grandeza, merecedora también hoy de suerte. Su magnitud no está en los dos kilómetros que cubren su casi un centenar de lienzos y torres, sino en la altivez que le prestan su construcción en talud, la piedra de sus sillares y sillarejos y, sobre todo, sus puertas.

De las puertas por las que se abría Niebla al exterior o se cerraba cuando así lo mandaban las circunstancias quedan cinco o seis, bellas todas y alguna incluso soberbia; son las del Agua, la del Buey, la del Socorro, la del Agujero, la de Sevilla, además de los restos de la del Desembarcadero, y dos poternas. En sus cimientos y en sus remates se mezclan los bloques quizá púnicos, el orden de la Roma civilizadora, el desorden de su caída, los principios de al-Andalus, la taifa de los Abadíes, el ascenso y el esplendor almohade hasta llegar al mínimo reino de Aben Mafot que Alfonso X incorporó con su sabiduría a la corona.

Una colección de viejos cañones, e incluso modernos en desuso, rellena los espacios vacíos que se extienden desde el lienzo de muralla a la vieja carretera. Están ahí predicando que en estos tapiales se usó por primera vez la pólvora como arma ofensiva, y será verdad. Pero fueron mucho más contundentes la sagacidad y la inteligencia empleadas por el rey Alfonso X, aunque estas cualidades no aparezcan en ninguno de los relatos que divulgan la historia de la ciudad.

Paño de muralla con la Puerta del Buey al fondo. ©2021 Junta de Andalucía

Vista intramuros de la ciudad de Niebla. ©Xurxo Lobato

En la imagen, posible ubicación de la antigua alcazaba árabe, con el castillo de los Guzmán al fondo. ©2021 Junta de Andalucía

En realidad, el Rey Sabio, el heredero de Fernando III el Santo, pactó con Aben Mafot, convirtiéndolo en un noble más de los que señoreaban sus dominios, mientras que al lado de otros aparece como vasallo del rey en muchos de los documentos de aquella época.

El reyezuelo vivió hasta su muerte en Sevilla, en la calle Sol, que aún sigue recordándolo en su nombre, Casa del Rey Moro, y tuvo una huerta que hoy es el jardín conocido como Huerta del Rey.

De hecho, la visión estratégica la tuvieron tanto el neblí como el castellano, puesto que era Alfonso III de Portugal el que presionaba sobre el territorio con el nunca confesado propósito de acercar sus dominios al Mediterráneo. El pacto era, pues, beneficioso para ambos.

De los afluentes del río revuelto con las luchas entre Alfonso y sus hijos, las de las regencias y los enfrentamientos de Pedro I y sus hermanastros nació la nobleza andaluza; nacieron allí los Guzmanes, cuyo castillo se levanta casi al pie mismo de la Puerta de Sevilla. Su construcción se llevó a cabo recogiendo restos de otras fortificaciones anteriores, que añadiría el primer Guzmán   ̶ Guzmán el Bueno ̶   y quienes vinieron después, ya más palaciegos que guerreros. Pero del bello alcázar, que competía con su cúpula dorada con el de Sevilla, no queda nada.

Durante el paseo por la inacabable muralla surge en un apartadijo el perfil del halcón neblí, la raza de rapaces más conspicua de la Edad Media. Hubo ciudades, como Bornos o Melilla, que presumieron de tener subespecies propias, pero ninguna logró tanto hueco en la literatura y en la cetrería como esta de Niebla. Nos dirigimos a la Puerta del Agua, sin duda una de las más bellas de la fortificación y detrás, a escasos cien metros, aparece la mole de la iglesia de Santa María de la Granada. La advocación tiene fama de haber sido refugio de cristianos nuevos, y alguna hermandad con ese nombre tuvo que vérselas con la Inquisición.

Iglesia de Santa María de la Granada. ©Xurxo Lobato

Torre-alminar de la Iglesia de Santa María de la Granada. ©Xurxo Lobato

Iglesia de Santa María de la Granada.

Puerta de entrada a la Iglesia de Santa María de la Granada.

En las imágenes (arriba), la iglesia de Santa María de la Granada, que acumula vestigios desde los siglos romanos: un epitafio, por ejemplo, que si no nombrase a los dioses podría parecer cristiano, una magnífica pila bautismal de ese tiempo que llamamos visigodo, el mihrab de la mezquita, sus columnas, el sitio de las mujeres en el oratorio islámico que hoy es la capilla del Sagrario, las columnas y pilares de los primeros siglos de nuestra era que soportan arcos de herradura, el presbiterio de hermosas bóvedas góticas…

Circundándola por las casas pegadas a su ábside hemos llegado a la plaza, que ofrece al visitante su torre-alminar. La iglesia-mezquita guarda otra mescolanza muy distinta de la del castillo: las mezclas que fueron creando las convulsiones históricas, los amores y los odios, las reglas de una y otra parte, la vida, en suma.

Una sede de piedra tallada detrás del altar mayor pretende ser la del obispo tardo-romano o mozárabe, pero no lo es; los especialistas la sitúan en el siglo XV aunque nadie sepa explicar la razón de su existencia.

De nuevo en el patio, la torre-alminar impresiona aún más que si se la ve desde la plaza. En sus cuerpos se entrecruzan los estilos; el situado por debajo del cuerpo de campanas tiene aires de Abulia o Sicilia, y el que sirve para sostener esos instrumentos sonoros   ̶ edificado con toda evidencia cuando la ciudad ya era castellana ̶   es el que luce precisamente arcos de herradura.

En la plaza de Santa María, y al lado de la iglesia se levanta lo que fue el Hospital de nuestra Señora de los Ángeles y que hoy alberga instituciones culturales de la ciudad. La fachada del edifico enseña ese típico barroco andaluz tardío del siglo XVIII, aunque la puerta de ladrillo   ̶ conservada de la construcción anterior ̶   sea de estilo mudéjar. De su primitiva construcción, tal vez cuando aún no había terminado el trescientos, conserva una capilla con presbiterio de órdenes góticos, pero construido en ladrillo   ̶ lo que denota que sus operarios tuvieron que ser también mudéjares ̶  , y un buen techo artesonado.

Nave central a cielo abierto y ábside de la Iglesia de San Martín.

Seguramente, debajo del pavimento de la calle por la que atravesamos Niebla está el decumano del primitivo enclave. A través de él llegamos hasta las ruinas de San Martín, quizás el derribo más conseguido de cuantos se hicieron, se hacen, y se harán en Andalucía. El cuerpo central de la iglesia, que antes pudo ser también mezquita o sinagoga, se encontraba en inminente ruina a principios del siglo pasado y fue derruido poco antes de que lo que permaneció en pie   ̶ el ábside con la espadaña y la capilla del Cristo de la Columna, por un lado, y la puerta cabecera en el contrario ̶   quedara declarado Monumento Nacional, por Alfonso XIII.

El derribo se produjo, al parecer, con el simple objetivo de crear un espacio en la apretada trama urbana, pero sin querer se creó un vacío singular, único, raro en esta Andalucía que desde el Barroco tiene horror a los espacios vacíos.

Ahora el ábside al aire libre y la portada mudéjar de finas lacerías a decenas de metros han creado una nave invisible, etérea pero real. Un hallazgo estético como el de las Termas de Caracalla en Roma o la Basílica de Majencio a orillas del río Tinto.

Puerta del Socorro. ©Xurxo Lobato

Río Tinto y Puente Romano. ©Idelfonso Grados

Por la Puerta del Socorro comenzamos de nuevo a bordear la cerca, y cuando dobla a la izquierda, el rojo de sus tapiales se confunde con el de las aguas y las piedras del cauce de este río. A esta ciudad también la llamaron al-Hamra, Alhambra, hace muchos siglos.

Cerca de la Puerta del Buey, los postes del tendido eléctrico de la solitaria y mínima estación de ferrocarril, más que romper, vuelven surrealista la estampa llena de almagras y verdes; allá lejos, como si se tratara de un cuadro de Sánchez Perrier con sonido, se ven y se escuchan ovejas de un rebaño. Aquí y ahora no se sabe si es bueno o malo que el tiempo trascurra.

 

Antonio Zoido es escritor

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