La conciencia paisajística en al-Andalus

Para la civilización andalusí, el paisaje constituyó la imagen de una realidad en la que se ordenaban sus valores y se le otorgaba dimensión simbólica.

El célebre historiador Ibn al-Jatib, estadista, filósofo, literato y médico de la Granada del siglo XIV, describía esta ciudad y su entorno en un estilo personal, sensible, minucioso, íntimo, al estilo de un escritor romántico, podríamos decir sin exagerar. Sus palabras se referían a la ciudad de Granada con bellísimas imágenes. Así lo tradujo José María Casciaro:

 

”[…] Granada […] a causa de estar frente a los montes, es el lugar donde se acogen los necesitados en tiempo de penuria y, gracias a sus frutos secos, goza como de una segunda cosecha. Por su situación, a espaldas de la campiña, […] es un mar de trigo y una mina de excelentes cereales y, finalmente, por el emplazamiento del monte nevado de Sulayr (Sierra Nevada) célebre entre los montes de la tierra, la rodean las aguas, son sanos los aires, abundan los huertos y jardines, hay espesos bosques y muchas hierbas olorosas y plantas medicinales.

[…] En su comarca hay yacimientos minerales preciosos, como plata, plomo, hierro y cinc, marquesita y lapislázuli; en sus montes y barrancos se dan el nardo y la genciana. […].[I]

Su espaciosa vega es ponderada entre los viajeros y en las tertulias; Dios la ha extendido por una llanura atravesada por arroyos y ríos, y en ella se apiñan alquerías y huertas con bellísimos lugares y hermosas construcciones […] . La rodean colinas y cerros como en forma de dos tercios de circunferencia. Debido a ello se imagina uno la ciudad como recostada desde la parte próxima al centro del círculo hasta las elevadas colinas, los salientes oteros y los altos montes.

Los edificios de esta gran ciudad y los arrabales que de ella dependen se extienden sobre cinco colinas y la amplia planicie de una llanura espaciosa y bien cuidada en la que no hay ruinas ni descampados por ninguna parte. Hay en ella palmerales […]. Tiene también sólidos puentes y mezquitas antiguas y zocos muy bien organizados.

Atraviesa la ciudad el célebre río Darro, que viene de la parte de levante y afluye en las afueras de ella en el río Genil, que viene del mediodía y que atraviesa luego la espaciosa vega y aumenta sin cesar su caudal con el agua de las acequias que a él se unen en los alfoces de la ciudad […].

La ciudadela de la Alhambra domina la población en la dirección del mediodía, coronándola de blancas almenas […]. El agua que sobra en ella y la que se desborda en los estanques y albercas cae formando arroyuelos, cuyo rumor se oye desde lejos. Sus murallas están rodeadas por vastos jardines y de espesos bosques del patrimonio particular del sultán, de forma que detrás de esa verde barrera las blancas almenas brillan como estrellas en medio de un cielo oscuro. Ni una sola de sus zonas está desnuda de huertos, cármenes o jardines.

En la parte norte de la llanura hay almunias de gran valor y elevada calidad […]. Como unas treinta de estas almunias pertenecen al patrimonio privado del sultán. Las ciñen y se unen con sus extremos unas magníficas fincas, nunca esquilmadas, siempre fecundas […]. Todas ellas tienen casas magníficas, torres elevadas, amplias palomeras, gallineros bien acondicionados y más de veinte se encuentran dentro del área de la ciudad y del recinto de su muralla. En estas fincas […] hay incluso castillos, molinos y mezquitas […]”.

 

[I] Traducción de J.M. Casciaro en Ibn al-Jatib, Historia de los Reyes de la Alhambra, estudio preliminar por Emilio Molina López, Granada, 1998, pp8 ss.

 

Vista de Granada, con la muralla zirí en el barrio histórico del Albaicín, con el palacio de Dar al-Horra en el centro y la Alhambra en el fondo.
©Fundación El legado andalusí. Carmen Martínez Amat. “La muralla zirí”.

El discurso que redacta este historiador nos recuerda que “hablar de paisaje es tanto como decir que estamos planteando una traducción de lo que tenemos alrededor, que representa la realidad y la ordena, le atribuye valores, dimensiones simbólicas y significados, [que] el paisaje no es la realidad, sino una imagen culturalmente ordenada de la realidad“[I].

Desde este texto y desde estas reflexiones iniciales, no podemos dejar de insistir en el interés que mostraron los andalusíes por el medio en el que vivían, por la realidad física materializada en la Naturaleza, en árboles y ríos y montes tanto como en los conjuntos urbanos porque estos, construidos por el hombre en el medio natural surgieron y se establecieron en continuo diálogo con el entorno. En su conjunto, ciudad y entorno unidos se consideraron primordiales e imprescindibles para generar cultura y para  lograr bienestar individual y colectivo, para dar calidad de vida al ser humano.

La doble dimensión que encierra este concepto   ̶ realidad física y construcción cultural ̶  debe ser atendida en cualquier etapa de la historia previamente a su estudio. Sea cual sea el referente real, naturaleza o espacio, su lectura encuentra sentido sólo en virtud de cada comunidad interpretadora, o sea, que es necesario que exista un ojo que contemple el conjunto y que se genere un sentimiento que lo interprete emocionalmente, porque el paisaje, como se viene diciendo, no es un lugar físico, en exclusiva, sino una serie de ideas y sentimientos que elaboramos a partir del lugar[II].

[I] N. Ortega, Paisaje y Cultura, Fundación Duques de Soria. Conferencia pronunciada en julio de 1988.

[II] J. Maderuelo, Introducción: El Paisaje, Actas El Paisaje Arte y Naturaleza, Huesca, 1997, 7-12.

La cultura andalusí representa la realización concreta en la Península Ibérica de una serie de principios vitales, de pensamiento y estéticos traídos en lo esencial de Oriente, fundidos estos con rasgos culturales de las civilizaciones preexistentes. Los cánones estéticos de la cultura árabe e islámica surgieron en gran parte de los dictados de belleza descritos en el Corán, y estos representaban la idealización de un entorno que se ofrecía pleno de bondades al hombre del desierto, donde dicho libro sagrado tuvo su origen.

Las imágenes y símbolos descritos en el texto coránico alcanzaron en el imaginario del mundo árabe altos niveles de expresión en las más diversas manifestaciones. En él, el paraíso se describe como hipérbole del oasis y representa el entorno como paradigma de la perfección; es un lugar de luz sin extremos donde existen árboles frutales en jardines frondosos cuyas sombras acogerán a los merecedores de tal delicia. Abundancia de agua para calmar la sed, riberas frondosas y construcciones hechas a la medida del hombre. Escenario idílico, en definitiva, solaz para el alma y disfrute de la naturaleza en todo su esplendor.

​La visión paisajística de los andalusíes responde a ciertas claves del pensamiento árabe musulmán y, en general, a numerosas claves vitales del Mediterráneo. Dicha visión se materializa en el medio rural y urbano, tanto en lo que se refiere al entorno natural como a la síntesis de este en jardines, huertos, y casas de recreo. En el jardín andalusí, la serenidad, la armonía, el agua, el verdor de las plantas y árboles y la sombra, componen un entorno perfecto, que es metáfora del paraíso, ámbito de excelsitud de los sentidos. No es más que el locus amoenus de los clásicos, al que se suman las resonancias paradisíacas ya comentadas. Sus formas esenciales como jardín en crucero pueden recordarse en el Patio de los Leones de la Alhambra o en el jardín almohade del alcázar sevillano, hoy embutido en el recinto de un edificio oficial. Y en diversa configuración, con estanque central podemos contemplarlo en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra, en Medina Azahara, ante el Salón de Abd al-Rahman III, o sintetizado en las casas moriscas, de Granada como la Casa de Zafra o el Palacio de Dar al-Horra.

Pero para analizar el paisaje en al-Andalus se hace necesaria la revisión detenida en las fuentes de información más diversas ̶̶ desde las geográficas e histórico-políticas a las poéticas, botánicas y arqueológicas ̶ , ya que será un compendio de datos variadísimos puestos en relación, los que nos permitirán llegar a conclusiones de interés. Las fuentes más explícitas, en lo que al tema se refiere, son las geográficas. Estas, como género misceláneo, incluyen obras de naturaleza diversa relacionadas todas con la descripción de territorios.

 

 

Entre las colectividades que han participado con más fuerza en la configuración histórica de los paisajes andaluces destaca la árabe medieval o andalusí, cuyo desarrollo a lo largo de casi ocho siglos dejó huellas que se perciben todavía en el medio rural y urbano de esta región, en conjuntos históricos y arqueológicos, reminiscencias toponímicas, especies arbóreas, cultivos y sistemas de cultivos, entre otros.

 

 

 

 

En un principio, estas obras surgieron como respuesta a las necesidades de un imperio que se extendía hasta límites insospechados y precisaba conocer los territorios conquistados, así como sus características, para facilitar el establecimiento de sistemas de transporte, redes de comunicación y servicios postales, entre otros, fue evolucionando desde una geografía matemática a una geografía humana en la que se otorgaba gran atención al hombre y su medio. Así surgió el género denominado Los caminos y los reinos (al-masalik wa-l-mamalik) destinado a tal fin. Pero también fueron estas fuentes geográficas las más proclives a incorporar leyendas e historias procedentes del acervo cultural del antiguo Oriente, del Mediterráneo en general y de la Bética en particular. Estas se referían con los lugares descritos sin que se hiciera distinción entre lo legendario y lo puramente histórico, entre lo real y lo imaginario.

En las obras destinadas a describir países, ciudades, caminos y reinos se ofrecen las coordenadas de localización de cada emplazamiento, las distancias entre ellos; se representa el entorno y sus riquezas naturales, en las que se hace especial hincapié, se mencionan huellas del pasado como los edificios más emblemáticos de la antigüedad y a veces también se recuerdan a los hombres principales que nacieron y vivieron en el lugar, todo ello sin que se mantenga un esquema único. La información paisajística en estas fuentes suele ser muy abundante, aunque hay grandes diferencias entre autores. Algunos se limitan a describir el medio natural como simple telón de fondo, otros repiten clichés tomados de autores precedentes. En cambio, hay geógrafos minuciosos e interesados en describir el paisaje con autenticidad y detalle, aunque en ellos no aparezca un discurso reflexivo o no se intuya intención artística alguna.

El autor que describe con mayor minuciosidad el territorio andalusí tal vez sea al-Idrisi (siglo XII). Este nos permite hacernos una idea de cómo se configuraba el entorno natural y cuáles eran los elementos relevantes de cualquier ciudad. Sirva de ejemplo el texto dedicado a Almería:[I]

“Almería era una ciudad importante en época de los almorávides. Se trataba de una ciudad de considerable actividad industrial y había en ella 800 telares para trabajar la seda […]. El valle [cercano] a Almería produce gran cantidad de frutos […] Este se denomina Pechina y se halla a cuatro millas de Almería.

[…La ciudad] está edificada sobre dos colinas, separadas por un barranco habitado. En la primera de esas colinas está la alcazaba, famosa por su [imponente] fortificación; en la segunda, llamada monte Laham, está el arrabal. Tanto la ciudad como el arrabal están rodeados de murallas.

[…] El terreno sobre el cual está edificada la ciudad es muy pedregoso por todas partes, allí no hay más que rocas amontonadas y piedras duras. [De hecho] no hay trozo de tierra que no parezca que se haya pasado por la criba, de forma que no se conserva de ella más que las piedras.”

 

[I]  Al-Idrisi. Nuzhat al-mushraq. Ed. R. Dozy y M.J. Goeje, Description de l’Afrique et de l’Espagne, Leiden Brill, 1968, pp. 197-198 y 204-205 del texto árabe, trad. de la autora.

Muralla de Jayrán, siglo XI. Almería

La civilización andalusí, como cualquier otra civilización preindustrial, está en continuo contacto con la naturaleza, no había conflicto sino diálogo, hasta el punto de que las ciudades eran puestas en valor si tenían una disposición paisajística espacial. Podemos afirmar que existía un acuerdo tácito de respeto con el medio solo destruido por sucesos bélicos o desastres naturales. Existió en al-Andalus una conciencia paisajística apropiada a su tiempo y unida a sus principios culturales, cuya expresión aparece repetidamente en fuentes de diversa índole.

Ojalá dicha apreciación se mantuviera viva en nuestros días e hiciera posible evitar el deterioro, a veces irreparable, de nuestros paisajes. En cuántas ocasiones se olvida la importancia de “conservar y realzar” el paisaje, obviando el hecho de que este colabora de lleno en nuestro bienestar general, al tiempo que sustenta una parte muy significativa de nuestra propia identidad importante de nuestra propia identidad cultural y patrimonial.

 

Fátima Roldán Castro
Arabista. Universidad de Sevilla

 

[I] Traducción de J.M. Casciaro en Ibn al-Jatib, Historia de los Reyes de la Alhambra, estudio preliminar por Emilio Molina López, Granada, 1998, pp. 8 y ss.

[II] Ortega, N. Paisaje y Cultura, Fundación Duques de Soria. Conferencia pronunciada en julio de 1988.

[III] Maderuelo, J. El Paisaje: Arte y Naturaleza. Huesca, 1997, pp. 7-12.

[IV]  Al-Idrisi. Nuzhat al-mushraq, ed. R. Dozy y M.J. Goeje. Description de l’Afrique et de l’Espagne, Leiden Brill, 1968, pp. 197-198 y 204-205 del texto árabe, trad. de la autora.

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