La extraordinaria experiencia del viaje al corazón del desierto argelino de la periodista y escritora suiza supone uno de los testimonios más reveladores de su época como mujer viajera.
Desde lejos, Ain Sefra, la Puerta del Sahara, parece haber sido construida en un mar de arena. La ciudad surge al extremo de las montañas del Atlas, bajo el magnífico color rojo de las dunas. Descubro, bajo el sol poniente del islam, el cementerio musulmán de Sidi Boudjemmâa: desolador, sembrado de hierbas secas y azotado por el viento. Una tumba modesta, cuarteada por el tiempo, recuerda en árabe y en francés a la escritora suiza de origen ruso que halló en el desierto argelino su tierra de promisión. Murió a los veintisiete años sepultada por la crecida de los ríos Sefre y Mulen, en la catástrofe que asoló el lugar un 21 de octubre de 1904. Esparcidos por la habitación del primer piso de su casa se encontraron también sus manuscritos, manchados de barro, parcialmente destruidos e ilegibles, testimonio de sus siete últimos años en tierras de África. Tuvo su vida el fulgor de esas mismas aguas que la arrastraron: idénticos movimientos, desorden, intensidad, ruido y belleza. La libertad del viaje y de la escritura la empuja hacia las orillas del Magreb, la metamorfosea en caballero árabe y la convierte en taleb (aprendiz) místico, reconocida por los sabios del islam marabútico[1], y lo hace con tal violencia que termina devorada por las arenas. ¿Quién no leerá su biografía como novela última en el conjunto de sus obras completas?
Isabelle Eberhardt, −también Mahmud Saadi, Nadia, Mariam o Nicolás Podolinski, pues tales fueron los nombres que travistieron a esa mujer apasionada por la soledad infinita y el infinito misterio del desierto−, había nacido en una casa de los alrededores de Ginebra, en 1877. Hereda el apellido de su madre, huida de Rusia con el tutor de sus hijos, Alezander Trophimoski, un extravagante anarquista apodado Vava. De él, Isabelle recibirá una educación enciclopédica: filosofía, literatura, geografía y medicina, en un ambiente de férrea disciplina moral e intelectual. Traduce a los poetas rusos, aprende el árabe y se entrega a la lectura febril del corán. Un cierto desorden afectivo, sentimental y estético apuntan a un vacío en el origen, una ausencia que debe ser colmada. Hija “natural”, nunca reconocerá a Vava como padre −se confiesa fruto de una violación− mientras sus biógrafos imaginan una paternidad ilustre como la del poeta Arthur Rimbaud. Más que inventar una figura paterna, Isabelle se construye una máscara, el personaje masculino que confiesa en sus escritos íntimos: “Estoy solo”. Se vale de tales identidades ficticias como modo de vida y de expresión, como disfraz que la afirma primero cuál cínico y libertino, para terminar convirtiéndose en su personalidad verdadera, la del nómada:
“Nómada era cuando de niña soñaba contemplando la carretera, la blanca y atrayente carretera que se iba recta, bajo el sol que me parecía más resplandeciente, hacia el hechizo de lo desconocido… nómada seré toda mi vida, amante de los horizontes cambiantes, de las lejanías aún inexploradas, pues todo viaje, aún a las regiones más frecuentadas y conocidas, es una exploración”.
La mirada vuelta hacia Oriente, desde la adolescencia, deserta a los veinte años del occidente triunfante de la Belle Epoque, sin idea de volver. Si antes de su marcha de Suiza, Isabelle se adhiere puntualmente a los nihilistas rusos, abandonará pronto los mitos restrictivos del progreso, las ciencias o el materialismo en el que andamos todavía enredados. Parte al descubrimiento de sí misma, a la deriva, sin aceptar frontera alguna, lo que le lleva a descubrir su dimensión espiritual y más tarde −por la vía del misticismo− a su deseo de fusión con Dios.
Le espera una tierra hechicera, tierra única donde se encuentra el silencio, donde se encuentra la paz a través de la monotonía de los siglos. Tierra del ensueño y del espejismo, a la que las agitaciones estériles de la Europa moderna no llegan en absoluto.
Su vagabundeo comienza en mayo de 1897, cuando, acompañada de su madre, se instala en Bone, en el norte de Argelia. Allí se abre una nueva y dramática etapa de su vida. Esta primera partida marcará para siempre su destino. Nathalie e Isabelle viven en una casa modesta del barrio árabe y se convierten al islam. A los seis meses la madre muere de un ataque al corazón y casi de inmediato se suicida su hermanastro Vladimir. El pasado se disuelve para Isabelle, que entrega su voluntad a la pasión de los caminos.
En El Oued, la ciudad-oasis en el corazón de las dunas blancas, alcanza la revelación definitiva de este país áspero y espléndido. Frente a los horizontes azules del desierto encontrará un espacio lo bastante vasto como para permitirle desplegar su imaginario. La hija ilegítima, convertida en intelectual, avanza en su metamorfosis.
Biskra, Tuggurt, El Oued: a medida que se desarrolla este periplo del sur, Podolinski comienza a ceder su plaza a Mahmud Saadi, — “ese tunecino que se había escapado de un colegio árabe”— como si el cambio de nombre significara la ruptura definitiva con su medio y sus orígenes. La máscara deviene persona en este ser que veía en la vida de las tribus nómadas y los cielos cambiantes del desierto la posibilidad de remontar a la Sustancia Primordial. Bajo ropas masculinas y una personalidad prestada, se entregará, montada en su caballo Souf, a la seducción de la errancia del camino y al perfume de la noche. Se adhiere al islam, “la más bella religión del mundo”.
El pasaje más excepcional de su vida tiene lugar cuando es iniciada por una antigua y poderosa hermandad sufí, los Qadiriya. Los sheijs de las hermandades religiosas acogen sin reservas a este extraño parroquiano.¿Quién es ese ser que franquea el abismo entre Oriente y Occidente? ¿Una mujer? ¿Un varón como lo quieren hacer creer su nombre y su traje árabe? Un ser dividido en busca de su plenitud que ha encontrado el mejor camino hacia el Otro y comienza a verlo en sí mismo. En uno de sus viajes conoce a quien será su compañero, Slimène, un oficial árabe de nacionalidad francesa que la aceptará en el doble papel de esposa-Isabelle y amigo-Mahmud. En su huida hacia adelante, Isabelle ha interpuesto definitivamente el desierto, entre la civilización y su alma.
En Eberhardt vendrá primero el deseo de confundirse con el Otro (en las ropas, con un exterior diferenciado) y luego la fusión:
“Comencé, según mi constante costumbre, por cambiar mi estúpido traje europeo por el hábito beduino, cómodo e imponente, lo que siempre me permite evitar la fastidiosa sociedad de las mujeres árabes, y mezclarme entre los hombres de quienes amo la calma admirable y la gran inteligencia tan islámica, por lo demás”.
La vemos perderse, montando a caballo, en medio de ciento cincuenta o doscientos hombres que celebran la inauguración de una escuela coránica. A su vuelta −relata en su carta del 13 de octubre de 1897−, deja atrás los cantos y bailes de las mujeres y se sienta a comer entre los hombres, en el puesto de honor. Después de su muerte, las mujeres de letras hicieron de ella un paladín del feminismo, una suerte de sufragista reivindicativa que predicaba el evangelio tolstiano a los indígenas. No habían entendido nada.
Eberhardt viaja por su gusto, ajena a ideologías, en última instancia a la búsqueda de un conocimiento y plenitud espirituales. Rebelde, ajena a todo prejuicio, detesta profundamente a las europeas (“unas hembras indignas del nombre de seres humanos”). Nada extraño, de parte de quien había roto con todas las pautas de la femineidad de la época. En cuanto a las mujeres árabes, ¿cómo ansiar el trato de quienes habitan un mundo interior, cerrado, cuando ella solo se embriagaba ante el espacio sin límites? En sus escritos denuncia el orden de cosas que relega a la musulmana a la sombra: su enclaustramiento abusivo, la puerilidad a la que la reducen los hombres y su dependencia. Y la prostitución, la otra cara del matrimonio burgués, ocupa un lugar muy especial en sus relatos. Desaforada, su sensibilidad se polariza entre los extremos del misticismo y de la sensualidad. Lee el corán, medita, reza, frecuenta burdeles y se inicia en los misterios de la Argel voluptuosa y criminal. Lleva una vida casi ascética, pero le gusta embriagarse entre los vapores del alcohol y el kif. Entre lo excesivamente terrenal y el perfume inaccesible del absoluto, Eberhardt se manifiesta en hetaira[2], o en sabio: taleb.
Pronto empiezan a crecer en derredor suyo las críticas y las calumnias. No es difícil imaginar el rechazo de una sociedad colonial mojigata e hipócrita ante quien se viste como un árabe −presa de la “locura deambulatoria”− y escribe para un periódico defensor de la causa de los indígenas, donde denuncia los abusos del poder colonial. Isabelle protestará en vano contra las acusaciones de espía y traidora a la causa europea. El oscuro atentado que sufre en 1901, a manos de un marabu[1] inspirado por Dios −aparentemente a causa de la rivalidad entre dos cofradías−, servirá de excusa a las autoridades para expulsarla del país. Presintiendo su partida hacia el exilio, Eberhardt evoca el Sáhara, “su amor oscuro, profundo, misterioso, inexplicable pero bien real e indestructible”.
“Tristes lagos sin peces, sin pájaros y sin barcos, tristes islas sin vegetación, desierto absoluto, más lúgubre que las dunas más secas. Y no obstante tienen su esplendor y su magia, los valles de sal gema, los lagos transparentes donde se producen los espejismos, donde se reflejan las ciudades quiméricas, los bosques de palmera y las mezquitas de ensueño y las fuentes donde van a beber los rebaños, que no son sino blancos vapores recalentados por el sol. País de ilusiones, de reflejos, de visiones y de fantasmas, país de irrealidad y de misterio (…)”.
En Marsella le embarga la melancolía; piensa sólo en reunirse con su amado Slimène, con quien se casará por el rito musulmán. Convertida en súbdita francesa, puede regresar de su exilio, establecerse en Argel y continuar la redacción de sus cuentos, artículos y de sus escritos más íntimos. Desde los días de su adolescencia había encontrado en la literatura consuelo y refugio. Escritora nómada, Isabelle Eberhardt describe desde el interior la vida beduina y musulmana donde ha conseguido integrarse. Parte al descubrimiento del Sáhara pertrechada de las fórmulas melodramáticas impuestas por el colonialismo y el orientalismo de su tiempo. Pero ella no escribirá sobre Argelia: la vivirá desde dentro, como algo bello y doloroso. Con Mahmud consigue integrarse en el corazón del cuadro que describe. Contará desde el interior, pues elige vivir con los que la colonización querría negar y que ella nombra con un término que se volverá peyorativo: “indígenas”.
A comienzos de 1904, se unirá al general reformista francés Lyautey en la “colonización pacífica” del sur de Orán. Se adentraba así aún más lejos en el sur hostil y misterioso, en territorios de frontera indecisa donde la insumisión y la guerra eran crónicas. Hay quienes han señalado en esta colaboración su ambigüedad de mujer defensora del genio árabe y empleada del imperio. De esos meses en Kendasa −un enclave religioso, casi un estado teocrático− habrán de surgir sus más hermosas impresiones de viaje. Impresiones: nada más justo para referirse a las pinceladas con que Eberhardt compone su cuadro y que recuerdan tanto a la paleta de su admirado Pierre Loti, aquel escritor francés seducido por el Oriente. Muchos otros europeos habían sido deslumbrados por la luz cegadora de los desiertos, los colores intensos y los olores fuertes del Magreb. A sus páginas salta la cambiante belleza de la tierra africana, con sus juegos de luz sobre la monotonía de los paisajes y sus horizontes de azul o de oro pálido.
Toda la seducción del Romanticismo por Oriente está aquí, −pero acaso en una menor dosis de banalidad. Su visión está fijada por el exotismo romántico, cuando percibe ese gusto por lo maravilloso y lo misterioso que para ella caracteriza la auténtica alma árabe. Sin embargo, para Isabelle el Oriente no era imaginario; el suyo fue un viaje sin billete de vuelta, ella fue uno de esos caminantes auténticos para quienes “il ne s’agit pas de vivre, mais de partir” a quien el maktub, el destino, instaló bajo la sombra cálida del islam.
El ideario “orientalista”, queda para Eberhardt quizá demasiado cerca de la justificación del imperialismo del siglo XIX: preservar la pobreza a fin de no perder el encanto (el misterio, esa palabra tan romántica), esforzarse por conservar los arcaísmos, enunciar la modernidad como ilegítima y exterior al “alma” musulmana. “Isabelle Eberhardt busca la comunión y no la conquista. Claroscuros, contradicciones: su participación como periodista en el periódico Akhbar, órgano de crítica anti colonial, que la lleva a convertirse en la primera mujer reportera de guerra de la historia, relatando los sucesos bélicos de la frontera marroquí con Argelia o su colaboración con el general Lyautey.
Sus diarios, llenos de confidencias y raptos de desesperación y de entusiasmo, nos invitan a un viaje al interior de esa naturaleza ávida de absoluto, buscadora de razones para irse lejos. Partir, evadirse, atravesar el horizonte constituyó su máximo deseo. Pertenecía sin duda al universo de esos hombres capaces de existir sólo a la intemperie, al de esas aves migratorias que atraviesan el aire límpido. Seres que han vuelto la espalda a toda civilización, seres atópicos. Fue la suya una aventura geográfica e, indisolublemente, una exploración del ser. El viaje y la escritura (pues escribir es, siempre, marcharse) fueron rostros de la misma pasión para esta mujer que amaba la melancolía de los crepúsculos, la soledad de las arenas y los vacíos horizontes que la invitaban a perderse en el incesante río del tiempo.
Por Maria Teresa Pérez
Escritora. Doctora en Literatura Iberoamericana
[1] El marabut es una especie de consejero y sabio en las sociedades tribales africanas sobre las que ejerce un gran poder moral.
[2] En la antigua Grecia, una hetaira era una cortesana que gozaba de una elevada posición social, o al servicio de los hombres en general como prostituta de lujo.