La historia detrás de las casas de Granada

 

Por Carolina Molina

Las casas son el reflejo del carácter de una ciudad. De su herencia andalusí Granada conservó sus casas árabes, luego sus casas moriscas y más tarde sus casas cristianas. En una perfecta fusión de estilos y de maraña de calles, la historia de la ciudad puede explicarse a través de las fachadas de sus casas. Cada una de ellas podrían ser manuales explicativos de la transición sufrida a lo largo de tantos siglos. Casas que sobrevivieron a catástrofes naturales (incendios, terremotos); a la vorágine modernista del siglo XIX; casas remodeladas; casas desaparecidas y en cuyo lugar encontramos una tímida placa callejera. Casas incluso que han heredado el halo misterioso de la persona que en ellas vivió. Todas y cada una de estas casas nos hablan de Granada.

 

Historia y características

El entramado de casas en época musulmana no era distinto al de cualquier ciudad de al- Andalus. Las casas árabes sirvieron de modelo para épocas posteriores: plantas cuadradas con un portón de entrada que se comunicaba con un zaguán a través del cual se accedía al patio con columnas y con alberca central, normalmente con varias alturas y un patio interior en donde se realizaba la vida familiar.

El clima y el dogma religioso justificaba estas casas mitad fortín exterior (sin apenas ventanas o si las había tapadas con celosías) mitad jardín paradisíaco en su interior. No hay que olvidar las restricciones de la comunidad musulmana al sexo femenino. La casa, era el verdadero universo de la mujer; el interior hogareño estaba reservado para las faenas domésticas, a la paz de espíritu y a combatir la rigurosidad del calor. Si paseamos por el Albayzin observamos este tipo de casas, cerradas para el paseante, pero cofre en donde se preservan joyas inigualables.

Con la conquista de la ciudad, los Reyes Católicos y su secretario Hernando de Zafra, emprendieron una remodelación del espacio urbano. La actual Carrera del Darro, por ser bañada por las aguas del río, merecía más atención. Se intentó proteger al ciudadano de la insalubridad de la zona y preparar a la ciudad para abastecerse de la riqueza que procedía del recurso hídrico. Se levantaron edificios, transmisores en todo de la herencia andalusí y se incorporaron curiosidades que ahora son propias de las casas de Granada.

Si paseamos por la Carrera del Darro vamos a dar con las fachadas más pintorescas de la ciudad. La gran mayoría de las casas presentan unas pinturas de gran belleza[1] que se consiguieron recuperar gracias a la labor del arquitecto Ignacio Gárate Rojas que recibió el Premio Europa Nostra por su labor a este respecto en los años 90.

En 1840, Theophile Gautier mundialmente conocido por La novela de la momia ya celebraba la belleza de estas fachadas diciendo así: “Las casas algo más ricas están pintadas por fuera de la manera más curiosa, con arquitecturas simuladas, con adornos en grisalla y falsos bajorrelieves. Cuesta al principio tomar estos decorados por viviendas reales.”

Si comparamos algunas fotos de principios del siglo XX observamos que todas las casas de la Carrera del Darro se cubrieron con cal, manteniéndose en el olvido más absoluto. Incluso una de las casas presenta esgrafiado segoviano, muy poco común en la ciudad.

A veces, estas pinturas excepcionales, puramente cristianas, se alternan con los motivos que aún perviven de la herencia andalusí. Los ajimeces y los pequeños balcones encastrados en cubos de madera a través de cuyas celosías podían asomarse los inquilinos sin ser vistos, son además de funcionales, elementos de gran vistosidad que podemos observar en las casas moriscas más conocidas.

Los saledizos son otra tipología que, según el profesor de la Universidad de Granada, Ricardo Anguita Cantero apunta que “fueron cuerpos volados de construcción que generalmente tendieron a la ampliación de la superficie de habitación sobre el espacio de calle de una manera escalonada, siendo mayor su vuelo conforme se ascendía de un piso a otro de la edificación”. Así aparecieron balcones apoyados sobre maderos inclinados en la misma fachada de la vivienda. Tanto ajimeces como saledizos crearon la imagen romántica de Granada, ciudad mantenida en peculiares alzas que el pintor David Roberts dibujó en uno de sus cuadros. Así, las casas cercanas al río se llegaron a denominar “colgadas” durante muchos años.

Los cristianos hicieron todo lo posible por prohibir los saledizos y para ello aprobaron distintos tipos de ordenamientos basándose en la peligrosidad de estos elementos arquitectónicos. En 1791 tuvo lugar un accidente, al caer un saledizo a la Carrera del Darro. Casos como este debió haber en lo sucesivo así que La Comisión de Ornato Público de 1847 pretendió demoler cada uno de los voladizos, balcones o salientes ruinosos de cada fachada con el fin de modernizar la ciudad. Unos meses después la propia Comisión reconoció que las reglas que se promulgaron no fueron observadas y que, finalmente, muchos de los voladizos y balcones quedaron colgando de las fachadas de las casas.

 

El carmen

La casa puramente granadina es el carmen. Es el proceso que ha sufrido el vergel andalusí, el paraíso hogareño que todos los andalusíes tienen en su jardín privado. La palabra carmen la derivan algunos del término árabe karm[2], es decir, viña. Otro destacado granadino, Ibn a-Jatib, polígrafo y secretario del sultán Yusuf I, quien definiría en su Ihata la palabra carmen, la identifica como una extensión de tierra rodeada de un muro y plantada de abundantes árboles. No hay que olvidar que los andalusíes fueron grandes amantes de la naturaleza y de los dones que esta les daba. Los que procedían de Damasco añoraban su vergel que encontraron en esta tierra granadina tan parecida a la suya mientras que los moradores del desierto admiraban la riqueza fluvial que proporcionaban los ríos de Granada.

A lo largo de los siglos el carmen granadino se ha adaptado a la vida de la ciudad. Convertido en almunias lo disfrutaban los ricos musulmanes cuando la Alhambra era la mansión más rica de la ciudad. El Generalife es, en definitiva, un inmenso carmen. Pero poco a poco hasta los pobres tuvieron el suyo. En pleno Albayzin, donde el calor es insoportable en verano, plantaron su jardín y lo mimaron y esas casas constituyen ahora la riqueza de la ciudad, lugar de atracción no sólo para turistas sino para los que desean establecerse en ella. La mayoría de las vistas de la Alhambra que se han plasmado en los lienzos provienen de algún carmen albayzinero.

 

La casa morisca

Antonio Orihuela Uzal de la Escuela de Estudios Árabes (CSIC) sabe mucho de casas moriscas al haber rehabilitado alguna de ellas en los últimos tiempos. Según Orihuela “estas casas han mantenido las características básicas de la arquitectura residencial nazarí de los siglos XIII-IV: distribución alrededor de un patio, fachadas con ausencia de decoración y vanos, exceptuando la puerta de entrada, y sistema de acceso en recodo para garantizar la intimidad.” La mayoría contaba con dos plantas aunque la vida familiar se hacia alrededor del patio. Con el tiempo, los cristianos alterarían esas costumbres y la planta baja se decoraría con mayor profusión, lo que puede observarse en las casas moriscas más recientes. Orihuela apunta a que en el Albayzin hay en la actualidad aproximadamente ochenta de estas casas que se han ido rehabilitando poco a poco, dándoles diferentes usos, la mayoría como residencias privadas o de uso hotelero.

 

Casas señoriales o palacios

En el siglo XVI la ciudad florece tras la llegada de la comunidad cristiana y la influencia italiana. La idea de casa palacio incorpora el torreón, como bien se ha dicho alguna vez. Se levantan casas amplias, con fachadas influidas por la verticalidad, pero profusamente decoradas con blasones o columnas. Y un elemento  fundamental entra en juego: el patio columnado de influencia romana y un patio central con estanque tipo impluvium, rodeado de columnas con capiteles elaborados. En Granada, además, se observó un toque especial en la arquitectura dejado por el maestro de los arquitectos y escultores, Diego de Siloé. Allá donde se pose la vista en la ciudad se puede apreciar el espíritu de este burgalés al que tanto se le debe en la ciudad de la Alhambra. La Casa de Castril, hoy Museo Arqueológico, es un claro ejemplo de este cambio ejercido por Siloé. Uno de sus discípulos realizó una fachada curiosa, con guirnaldas, conchas, escudos, leones y hasta la misma Torre de Comares en miniatura. Tampoco debemos olvidarnos de la originalidad de incorporar la leyenda “Esperándola del cielo” sobre un balcón esquinado.

De la exuberancia de la Casa de Castril pasaríamos a la sobriedad distinguida de la Casa de los Tiros. Una fachada tan particular es difícil de encontrar en otra parte de España. Se trata de un torreón con almenas y todo, cuya cubierta se añadió en el siglo XIX y presenta una puerta con un dintel simple. La originalidad la encontramos en las cinco estatuas simétricamente posicionadas de inspiración mitológica. Sobre la clave de la puerta encontramos una espada que toca con su punta un corazón. A su lado un lema: “El corazón manda”.

Con el transcurso de los años las casas señoriales han dado paso a otro tipo de casas, las edificadas con motivo del embovedado del río Darro y el ensanchamiento de la ciudad, es decir la Gran Vía y Reyes Católicos. Uno de los más destacados, quizás el que más, es el edificio La Paz, esquinado con la calle Reyes Católicos y que ahora ocupa sus bajos una conocida tienda de ropa.

Si recorremos la amplia calle desde un extremo a otro observaremos fachadas muy variadas incluso con aires modernistas. Hoy se destinan a oficinas pero no dejan de ser por ello menos bellas.

 

Casas desaparecidas

Las casas van y vienen y las ciudades permanecen. Cada vez son más las que se conservan por respeto al patrimonio artístico, sin embargo fueron muchas las que desaparecieron bien debido a catástrofes naturales o por la piqueta del demoledor. En Granada, ciudad muy afectada por terremotos, inundaciones e incendios, se perdieron casas de gran importancia. La más destacada es la Casa de los Miradores, que estuvo ubicada en la Plaza de Bib Rambla y fue pasto de las llamas en 1879, como también fuera alimento del fuego en 1856 el edificio del Café Suizo que antes fue la Alhóndiga Zaida (alhóndiga de cereales del siglo XV) y ahora es el emblemático edificio de Puerta Real, reconstruido según la imagen y semejanza del antiguo edificio perdido.

Otra de las casas más recordadas es la Casa de la Lona. Heredera, según algunos, del solar en donde se levantaría la mítica Casa del Gallo en el Albayzin, sufrió muchos cambios. En el siglo XIX se convertiría en fábrica de tejidos de cáñamo, de donde posiblemente heredaría su apodo, pero que persistiría como casa de vecinos hasta 1975, año en que se demolió sin ningún impedimento ciudadano.

 

Casas que permanecen y casas reutilizadas

 Es lógico que el patrimonio histórico de una ciudad se respete. Pero las casas no siempre se han considerado patrimonio histórico. Mucho menos las casas vecinales. Con todo, si paseamos por la ciudad con fotos del siglo XIX podremos encontrar alguna casa de vecinos aún en pie. En la Plaza de la Trinidad, en la Plaza del Carmen o en los accesos privados del Albayzin encontraremos esas pequeñas joyas que el tiempo ha respetado, algunas en buen estado de conservación y otras esperando ser atendidas.

En el mejor de los casos, algunos edificios se convierten en casas habiendo sido destinados a otros menesteres. La Puerta del Vino, en la Alhambra, por ejemplo, fue residencia de un loco coronel según nos dejó dicho Washington Irving y más tarde estudio del conservador Rafael Contreras. Lo mismo ocurrió con otras notables construcciones como la Puerta de Bib Rambla en cuya fachada colgaba el cartel “Fotografía de Martínez” antes de su demolición. Los baños de la Calle Real de la Alhambra sufrieron mejor suerte al convertirse en casa de la familia de Ángel Barrios, hoy pueden visitarse convertida en museo.

 

Casas natales o de figuras representativas en la ciudad

Por ser Granada ciudad de mucha historia han nacido en sus casas personajes destacados que contribuyeron al desarrollo de la urbe. También los hubo que no nacieron, pero vivieron en ella como si hubieran sido hijos auténticos y la engrandecieron aún más. Algunas existen y otras han dejado tras de sí una placa en una fachada, y las que más son ahora museo o lugar de encuentro de distintas actividades.

La casa natal de Eugenia de Montijo, quien fuera emperatriz de Francia es una casa de vecinos en la calle Gracia, que aún recuerda su pasado esplendor por las pinturas tan características de sus balcones.En la placa de la fachada puede leerse:

EN ESTA CASA NACIÓ LA ILUSTRE SEÑORA DOÑA EUGENIA DE GUZMÁN Y PORTOCARRERO, ACTUAL EMPERATRIZ DE LOS FRANCESES.EL AYUNTAMIENTO DE GRANADA AL COLOCAR ESTA LÁPIDA, SE HONRA CON EL RECUERDO DE UN NOBLE COMPATRICIA.
AÑO DE 1867

La de Mariana Pineda, mujer emblemática en Granada que defendió la libertad bordando una bandera, tuvo su casa familiar en la misma Carrera del Darro, restaurada en hotel. La otra, de la que salió para morir es ahora el Centro Europeo de las Mujeres.

Los cármenes, como no podían ser menos, acapararon la atención de músicos, pintores y escritores. Su situación privilegiada los hacía perfectos para visuales pictóricas o encuentros literarios. El Carmen de los Cipreses en el Albayzin fue uno de los más solicitados. En la misma colina también lo fue el de las Tres Estrellas, que tuvo leyenda y todo y se relacionó con diferentes escritores como Manuel Fernández y González o Antonio Joaquín Afán de Rivera.

No es el caso del carmen del pintor belga Max Moreau, hoy un museo que merece ser visto. A la sombra de gatos amodorrados y frondosos frutales podremos disfrutar de una de las bellezas intrínsecas de los cármenes: sus vistas. La Alhambra parece tocarse con las manos y no es de extrañar, pues el carmen queda muy cercano al Mirador de San Nicolás cuya vista del conjunto alhambreño es una de las mejores y más famosa.

Si los cármenes más populares son espaciosos, en donde vivió Manuel de Falla destaca por su pequeñez. Su diminuto jardín, sus pasillos, sus estancias y dormitorios, sus objetos abigarrados en los rincones, incluso sus alacenas escondidas, nos hablan de Falla y de su vida peculiar.

La Huerta de San Vicente es sin duda la más visitada de la ciudad, la más reclamada y representativa de todas las casas museo de Granada. Perteneció a la familia García Lorca y fue adquirida por el padre del poeta en 1925, aunque se sabe que procede de un solar ya habitado en el siglo XIV. En la época en que los García Lorca la disfrutaron era una verdadera huerta, vergel que añoraba la familia con raíces campesinas, precedentes del pueblo de Valderrubio. Federico García Lorca y su familia llegaron a Granada, según nos cuenta Ian Gibson, en 1909. Se establecieron en la Acera del Darro número 66, ahora 46. En 1916 cambian nuevamente a una casa de la calle Gran Vía 34 y finalmente, un año después, a la Acera del Casino, 31. La Huerta de San Vicente fue para la familia la casa de verano, donde descansar y relacionarse con sus muchos primos que ya ocupaban la famosa Huerta del Tamarit. La Huerta, que se llamaba originariamente Huerta de los Mudos fue rebautizada por el padre de Federico García Lorca, de San Vicente en honor a la madre de la familia, doña Vicenta Lorca. En la hornacina de la fachada de la casa aún puede verse una figurilla de San Vicente Ferrer. Sería la última casa en la que viviría Federico, pero las casas permanecen para hacernos recordar que las ciudades no son nada sin las casas que las conforman y estas, a veces, sin los inquilinos que las habitaron.

Aunque gran parte del fabuloso legado urbano de la época andalusí desapareció o fue reutilizado y adaptado tras la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos, la preocupación por la imagen de la ciudad influyó sustancialmente en la nueva fisionomía de la ciudad una vez fue cristiana. El deseo de los monarcas de proporcionar a alojamientos dignos a sus cortesanos propició la construcción de notables inmuebles que aún hoy perduran. Sus muros guardan sus anteriores historias, que capa sobre capa han ido acumulando a lo largo de los siglos.

 

Por Carolina Molina, Periodista especializada en la Historia de Granada. Autora de novelas relacionadas con la ciudad nazarí como Guardianes de la Alhambra o Los ángeles insurrectos.


[1] Según el arquitecto Fernando Acale autor del libro Plazas y paseos de Granada, no se sabe a ciencia cierta cuándo surgiría la moda de pintar las fachadas vecinales. Lo cierto es que hay que relacionarlo con la modernización cristiana, allá por el siglo XVI.

[2] El arabista holandés Reinhart Dozy encuentra su etimología en una palabra coloquial referente a un lugar plantado de vides.

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