Fondón, el reino del Rey Chico según la leyenda

Cuando hablamos del final de al-Andalus, tras la desaparición del reino de Granada, y el posterior éxodo de sus últimos habitantes, la comarca de la Alpujarra se nos presenta como el escenario donde se desarrolló el último acto de la comedia humana andalusí.

El trazado a tiralíneas de la autovía por la llanura de Alquife se pierde apenas hemos dejado de ver La Calahorra, la fortaleza que ya no fue castillo sino palacio —como un Castel Nuovo napolitano trasplantado a este páramo— en cuanto se terminó la Guerra de Granada. A partir de Abla, ya en tierras de Almería, hay que rendirse a la evidencia: estamos a los pies del muro de montes que desde siempre protegió la Alpujarra.

La carretera se vuelve una culebra que zigzaguea por los cerros, como la del trazado de un slalom hasta coronar el puerto de Santillana. El paisaje, en el que domina el matorral, hace pensar que la madre naturaleza no dotó de arboleda a estos parajes, pero eso no es más que un espejismo.

Los informantes de esta zona para el Diccionario Geográfico-Histórico de Pascual Madoz —mediados del XIX—  relataban que en Abla, Abrucena, Tices, Ohanes y Beires que la sierra había estado henchida de encinas, pero estaban desapareciendo. De esta última población se decía: “El famoso encinar que había en la sierra del término ha sido consumido en las fábricas de plomizo y de hierro que hay en las inmediaciones, y solo existen en la solana del río Ohanes unas pocas encinas y chaparros, escaseando hasta el monte bajo, que con tanta abundancia cría el terreno”.

Solo en ese otro paisaje boscoso y enmarañado, hoy desaparecido pero que alcanzó a ver en parte Pedro Antonio de Alarcón y plasmó en su obra La Alpujarra, se comprende la dureza de las guerras que comienzan siendo luchas fratricidas entre los mismos nazaríes granadinos, que siguen con la que plantean los ejércitos de Castilla y de Aragón acosando la Alhambra, y terminan en la insurrección de los moriscos en la Navidad de 1568.

Entramos, siguiendo la cuerda de los cerros, en el pequeño reino del rey Chico, el mínimo territorio que los Reyes Católicos concedieron en 1492 al derrotado Boabdil, en realidad un gran barranco que discurre entre las estribaciones de Sierra Nevada y las de las sierras de Gádor y la Contraviesa, partidas por el hachazo del río Andarax. En estos parajes se unen las provincias que albergan las dos Alpujarras; viejos caminos que discurren entre los pueblos blancos que, asentados sobre las lascas pizarrosas de la launa, se descuelgan de las laderas de los montes.

Parece   ̶ aunque no sea así ̶   que Muñoz Rojas escribió sus versos para estos parajes:

 

Las cañadas hondísimas sin agua,

arroyos de adelfares donde late

hondo bajo lo seco un hilo dulce,

que une las altas sierras a los mares,

cudriales pobrísimos, pizarras,

ruinas de viñedos y lagares

almendrales fantasmas que conceden

alguna leve nieve a estos inviernos.

​Antes de llegar a Fondón, hacia donde nos dirigimos, nos encontramos con las incontables ruinas de explotaciones mineras que se plantan delante del pueblo; fueron las de esos yacimientos de plomo las que terminaron con las encinas de las sierras a lo largo del siglo XVIII, pero que entonces sirvieron al sobrevivir de todas estas poblaciones que la expulsión en masa de los moriscos en la segunda década del siglo XVII había diezmado. Porque ahora nos encontramos donde el corazón de aquellas guerras palpitó desde el principio. Farax aben Farax, uno de los caudillos rebelados, pasó a cuchillo a todos los castellanos de la zona: el topónimo Rambla de los Mártires, de Fuente Victoria, así lo recuerda.

El chimeneón. Ruinas de la Fundición Minera de Fondón ©Ayuntamiento de Fondón

Monumento homenaje al minero en Fondón ©Ayuntamiento de Fondón


A lo largo del siglo XIX, el trabajo de las explotaciones mineras dio lugar a un rico folclore que tenía su yacimiento poético en los trovos y su altavoz en los tarantos, el palo que puso el apodo de los almerienses en el planeta flamenco. Aún se escucharán los unos y los otros en las reuniones más íntimas, pero la calle los ha perdido. No forman parte de la música de consumo.

Las iglesias fueron incendiadas, excepto la de la cercana pedanía de Benecid y, desde el otro lado se respondió con similar crudeza hasta que llegó Don Juan de Austria y asentó sus reales en esa población que entonces llamó Presidio, no por la acepción que hoy tiene la palabra como sinónimo de cárcel, sino porque era el cuartel de campaña, desde el que se presidía el día a día de las operaciones.

En el escudo de Fondón luce una encina, un copudo árbol del cortijo del Hacid  —también llamado de las Paces— donde todas las leyendas ponen el lugar de las capitulaciones entre el hermano de Carlos V —el que el Padre Coloma propagó como Jeromín en su novela— y Abenaboo, el último de los reyezuelos de estas tierras. Eso sucedió el 13 de mayo del año 1570.

La fuente monumental construida por uno de los gobiernos de la Ilustración, en los tiempos revueltos de Carlos IV, pretendió contribuir al importante concepto de la salud pública entre la población.

Fuente de Carlos IV

La iglesia, construida con la visión de futuro que presta la perspectiva de eternidad   ̶ un formidable llano artificial elevado ̶ ,  permanece incólume a la contaminación terrestre. Es altiva. Un callejón, cubierto por la bóveda de parte de un arco, permite rodear la iglesia y la fuente hasta llegar a los muros del camarín barroco de la imagen del Cristo de la Luz, mucho más suntuoso que el templo en su interior y cuyo juego de tejados presta al exterior una estampa inusual en la calle Sacristía.

Fachada lateral de la iglesia de San Andrés, cerca del Pósito y frente al Ayuntamiento.

Frente a la puerta principal de la iglesia se alzan edificios que levantó el Siglo de las Luces, y un poco más allá de esta se encuentra el del Pósito. En el costado se abre un arco que, con seguridad, tuvo que ser puerta de la población hasta los años del fin del “reino chico”.

En una placeta, la Fuente Chica no tiene las pretensiones de la de Carlos IV, pero su sencillez exhibe formas graciosas y, además, su agua nos quita la sed del calor del mediodía.

Bajando hacia el río se descubren pequeños testimonios del pasado: un bello tinao del más puro estilo alpujarreño, minúsculas cruces clavadas en una roca o encastradas en la pared, una vieja viga que alguien ha convertido en un banco de calle… Algunas parras pregonan aún la vocación del pueblo en el siglo XIX, la uva de embarque, destinada a las mesas de Inglaterra, quizás a las de los parientes de los ingenieros de estas minas que seguían sacando plomo de las entrañas de la tierra a duras penas.

Allá lejos, Laujar de Andarax se desparrama por una ladera suave y, entre nosotros y ella, Fuente Victoria. Nos separa la rambla de Maimón o del Gallo y nos une un puente airoso. En esta pedanía (que durante mucho tiempo lo fue de Laujar) nos encontramos con su plaza, junto a la carretera, y frente a una casa grande con trazas de mansión de «parreros» (exportadores de uvas), hallamos la fuente que da nombre a la población y su iglesia, que se puso bajo la advocación de Santa María la Mayor.

Fachada de la Casa de los Palomar o Casa Grande que se ubica en Fuente Victoria, conocida popularmente como el Palacio del Rey Chico.

Hace décadas la Casa Grande de Fuente Victoria fue bautizada como el Palacio del Rey Chico, a partir de las informaciones del poeta y archivero de Almería Martín Delgado. Sin embargo, no se han hallado referencias al respecto en ninguna crónica histórica, ni en los Libros de Repartimiento tras el fin de al-Andalus, ni en las descripciones que de estos lugares realizaron los viajeros románticos en el siglo XIX.

La casa en realidad fue construida en el siglo XVIII por la familia Palomar. Se trata de una edificación de planta cuadrangular con alzado de dos plantas y una tercera en la fachada que aloja una torre-mirador, con patio interior porticado desde el que se accede a las distintas estancias.

Allá abajo, al otro lado del cauce del Andarax, el pequeño pueblo de Benecid se relaja bajo el sol, igual que los ancianos que lo toman plácidamente delante de la iglesia, esa que se salvó nadie sabe por qué de la quema en los tiempos inciertos de la segunda mitad del siglo XVI.

A mitad del camino, entre los dos caseríos, hay una zona de acampada y las instalaciones veraniegas traen la música y los gritos de los niños en medio del baño. Los esparcen por entre las viñas y los campos de más allá hasta que rebotan en las escarpas de los cerros que sostienen Sierra Nevada.

Vista de Benecid ©Ayuntamiento de Fondón

Camarín de la Virgen en la Iglesia de Ntra Sra de la Piedad en Benecid ©Ayuntamiento de Fondón


Este fue el paisaje que recorrió Gerald Brenan, haciendo el camino entre su Yegen y Almería. De él se quedó prendado para siempre y lo cantó con palabras secas —de inglés aparentemente flemático— pero llenas de cariño.

Volvemos a recorrer el camino en sentido contrario. Ascendemos las primeras cuestas cuando los cohetes de la procesión del Cristo de la Luz rompen el aire de la tarde sin intermediarios ni competidores. El valle, roto su silencio solo por los cencerros de las cabras, toma ahora las formas de ese escenario en el que Federico García Lorca plantaba los personajes de sus obras.

 

Antonio Zoido
Es escritor

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