Charles Doughty, un viajero extremo en el corazón de Arabia

 

En la introducción que escribió en la reedición de Travels in Arabia Deserta en 1921, el coronel T.E. Lawrence aseguraba al lector que «no es un libro como los demás, sino algo aparte, una especie de Biblia». Un clásico que «no tiene edad y jamás envejecerá», añadía. Se trata de la primera obra dedicada a los árabes del desierto de la que no podemos prescindir”.  Para el autor de Los siete pilares de la sabiduría y promotor de la gran revuelta árabe del jerife Husein de La Meca, el carácter excepcional del libro de Charles Doughty consistiría en la ausencia total de lo pintoresco, «este defecto tan común en los relatos de viaje a Oriente». «Cuanto más aprendemos sobre Arabia, más descubrimos en Arabia Deserta».

¿Pero quién era este Charles Doughty, cuya personalidad impresionó tan poco a aquellos que le conocieron, al contrario de su obra que dejará una impronta imperecedera? Nacido el 19 de agosto de 1843 en la comarca de Suffolk en Inglaterra, era el hijo del reverendo Charles Montagu Doughty, y según la tradición estaba destinado a convertirse en un «squarson«, es decir una mezcla de pastor anglicano y de gentleman farmer (granjero de origen noble). Muy rápidamente, sin embargo, se sintió atraído por el mundo marino, y como no consiguió entrar en la Royal Navy, tuvo que conformarse con la ciencia geológica. Ello le condujo a realizar un estudio sobre los glaciares y varias expediciones a las montañas y los lagos helados de Noruega. Sin embargo, su carrera de geólogo no duró mucho, porque en realidad lo que le apasionaba era la literatura. Estudió literatura inglesa en Londres y Oxford, y luego emprendió, como requería cierta tradición británica, lo que se llamaba el Grand Tour, el viaje a países europeos, en particular de Grecia e Italia, que los jóvenes solían realizar antes de entrar en la vida laboral activa. Pero la gira de Doughty habría de conducirlo hasta Oriente.

Estamos en 1870 y Doughty tiene 27 años. Empieza por visitar Bélgica, Francia e Italia, y de allí se embarca hacia Túnez, desde donde prosigue hasta Argelia y luego España, simplemente porque no había encontrado el medio para alcanzar la Península lbérica directamente desde ltalia. Llega a Grecia en junio de 1873, donde se queda nueve meses. En lugar de volver a lnglaterra, en febrero de 1874 zarpa hacia Palestina, donde visita de manera exhaustiva los lugares santos como un auténtico peregrino, antes de desplazarse a El Cairo. La ciudad no le atrae particularmente y viaja en dos ocasiones hasta el Sinaí. En mayo de 1873, cruza Aqaba y cae casi por casualidad, por decirlo de alguna manera, en Petra. En su progresión hacia el norte para alcanzar Damasco, recala en Maan donde el gobernador turco le habla de Madain Saleh y de sus inscripciones. Doughty, que había viajado hasta entonces guiado por el capricho del placer, encuentra de improviso un objetivo para su sinuoso periplo: hará todo lo posible para explorar estas ruinas que ningún europeo había alcanzado anteriormente.

Objetivo Madai’n Saleh

Después de Edward Said, se creyó poder afirmar que en realidad Doughty no era más que un continuador dentro del género literario del viaje a Oriente, que a lo largo del siglo XIX sirvió a los designios imperialistas de la conquista colonial.  ¿Acaso no había seguido los pasos de sus predecesores, continuando su investigación más allá de su destino? La exploración de los confines desérticos que se encuentran entre Damasco y el sur de la actual Jordania estaba en el programa de los viajeros europeos y de las sociedades geográficas que los financiaban. Ya en el 1812, el suizo Johann Burckhardt se había aventurado en el profundo sur, vestido de sirio, y había descubierto Petra de manera fortuita, la antigua ciudad de los nabateos. Se hizo pasar por un doctor del islam, pero los árabes de la zona no le dejaron penetrar en las ruinas. Tras su estela, numerosos viajeros se acercaron al mundo nómada −sin conseguir realmente introducirse en él−, a veces simplemente con la finalidad de comprar caballos para importarlos a Europa.

Muchos otros también soñaban con una exploración de la Península Arábiga, tras los pasos del sabio alemán Carsten Nieburg (1733-1815), cuyos compañeros perecieron todos de cansancio o de enfermedad en el desierto. Por su parte, Burton realiza la peregrinación a La Meca haciéndose pasar por musulmán, y en 1855 extrae de esta experiencia un relato que no parece haber impresionado a Doughty. Sin embargo, el interés por el desierto no se manifestará hasta finales del siglo XIX, mediante una sucesión de viajeros, entre los cuales se encontraban la arqueóloga Gertrude Bell −que publica The Desert and the Sown en 1907−, T.E Lawrence o el célebre Wilfred Thesiger, cuya hazaña, a través del Cuarto Vacío (al-Rub’ al-Jali) solo será igualada por Théodore Monod en el Sahara.

Todo era singular en la manera de proceder de Charles Doughty. Desde un principio, el viaje no estaba bien preparado. Doughty no era rico y se lanzaba a la aventura sin el apoyo financiero de la Royal Geographic Society, cuyo aval moral era tanto o más importante. Padeció de manera cruel la falta de apoyo por parte del consulado británico, y luego las autoridades turcas no le otorgaron ningún salvoconducto. Allá donde otros viajeros se hacían con autorizaciones, cartas de recomendación y un gran número de regalos −sin olvidar un equipamiento consecuente y, sobre todo, dinero− nuestro audaz viajero se lanzó a una empresa inaudita sin ayuda ni apoyo financiero alguno. Además, pretendía seguir la caravana del hajj (peregrinación a La Meca) sin que su comandante turco estuviera al tanto, y sin esconder su condición de cristiano y forastero. Para ello, se sumó al grupo de peregrinos persas, vistiéndose a la manera de los cristianos de Siria, lo que Burton le reprocharía posteriormente.

Damasco

Abandona Damasco el jueves 10 de noviembre de 1876 y su viaje se acaba el 2 de agosto de 1878 en Yeddah, donde residirá dos meses para recuperar la salud. Viaja hasta Madain Saleh en la caravana del hajj, que ya cuenta solamente con 6.000 peregrinos respecto a los treinta o cuarenta mil de principios del siglo. De todas formas, ello no hacía el viaje más seguro, y Doughty, continuamente en guardia, es víctima de todo tipo de robos y vejaciones. En Maan, le juran que su camello se había muerto, y le llevan una joven camella que se movía con dificultad. Otras veces, el camellero no le trae su montura a la hora de salir. Llega a Madah Saleh el cuarto domingo de la travesía, que empezó también un domingo. Se queda allí, mientras la caravana prosigue su andadura hacia las ciudades santas. Doughty explora los monumentos y vuelve a transcribir o calcar las inscripciones grabadas en la piedra. Y cuando la caravana regresa, ya había decidido no sumarse nuevamente a los peregrinos, porque mientras tanto había encontrado a unos beduinos que le mostraron la posibilidad de poder penetrar por el Este en zonas totalmente inexploradas.

Confía las inscripciones al pachá y se sumerge en una nueva odisea en compañía del jeque Zayd, de los Fejr. Comparte la vida nómada en los campamentos de la tribu, hasta que, etapa tras etapa, llega a Tayma, en territorio de los Chammar. Explora el Harra, una llanura de lavas donde visita varios cráteres, y luego se desplaza a Hail, donde consigue que el reciba el emir. El final de su estancia es muy accidentado: las gentes le maltratan, y le arrebatan su equipaje. Al llegar a Aneyza, le roban el resto de sus pertenencias, dejándole totalmente desvalijado, sin apoyo ninguno y a centenares de kilómetros de la costa más cercana. A pesar de todo, no desespera y se suma a la caravana que viaja hacia La Meca, con la idea de abandonarla antes de penetrar en el perímetro sagrado prohibido para los no musulmanes. Sus compañeros de ruta estuvieron a punto de matarlo, tras haberlo maltratado y arrebatado lo poco que aún le quedaba. Se encontraba enfermo y en un estado lamentable, pero le salva su temeridad, sin tener que ceder a la presión de convertirse al islam para salvar su vida. Finalmente, consigue que le conduzcan hasta el jerife de La Meca, que reside en este momento en Taef. Y allí encuentra su salvación.

Devuelto a su contexto, el periplo de Doughty sólo puede considerarse como excepcional y fascinante. Nos encontramos ante un hombre sin apoyo de ningún tipo y sin fortuna, que emprende sin preparación alguna un viaje hasta el Nefud, en una parte de la Península Arábiga que ni un musulmán de los países limítrofes se hubiera atrevido a pisar. Incluso la caravana de la peregrinación, custodiada por una importante escolta, y siguiendo  un recorrido balizado, estaba  totalmente segura. Y qué decir entonces del desierto profundo, y sobre todo de los oasis de Hail y Jaybar donde el wahabismo estaba ya firmemente implantado. Lo más extraordinario en la aventura de Doughty es la altanería con la que afronta siempre todas las vicisitudes. No se trata ni de arrogancia, ni tampoco de desprecio. La agudeza de sus observaciones sobre la sociedad tribal contiene realmente un juicio que hoy puede parecer muy severo y despectivo, pero que en realidad sigue siendo equitativo y sobre todo moral. Doughty nunca manifiesta ninguna simpatía romántica o una tierna fascinación, como requeriría la moda de los relatos de viaje de hoy. «Doughty nos enseña los límites que alcanza con semejante postura», escribe Francois Pouillon en su estudio crítico de la edición abreviada publicada por Payot en 1994. «Las peripecias de su aventura no nos revelan un personaje muy simpático, lo que confiere sinceridad al su relato. Viajero atípico, que se desplaza sin una protección concreta, nos deja estupefactos por la seguridad que le anima; el sentido de su misión y su obra se acomodarían en una doctrina que podemos calificar sin problemas de reaccionaria. Y es precisamente […] la soberbia imperial la que conduce a este hijo de pastor religioso, de convicciones religiosas bastante relajadas, a obstinarse en las tierras de un islam riguroso, a proclamarse cristiano a costa de poner en peligro su vida. Por último, aunque no menos importante, está totalmente desprovisto del sentido de humor».

El rigor moral presente en este intrépido viajero le conduce a realizar juicios llenos de matices y le exige relatar los hechos y las cosas tal como los observó, sin intentar deformar o embellecer.

Doughty estaba formado como geólogo. Sus descripciones están claramente influidas por este hecho, y no cabe duda de que hereda de ello una disposición de espíritu que le incita a comprender toda la economía de la vida en el desierto, tanto de la flora como de la fauna, y por supuesto la mineralogía. No ahorra el más mínimo detalle, ni aún el más trivial, como si se tratara de dar cuenta de un modo de vida en su total globalidad, sin permitirse una selección en las informaciones que toman a veces el giro de un informe de entomólogo: la naturaleza, los animales, los hombres se ven sometidos a la misma mirada.

Todo ello hace todavía más valioso y apasionante el libro de Doughty, que no envejeció un ápice en poco más de un siglo, a pesar de que el mundo que describe se había esfumado. Pretextando que T.E. Lawrence recomendó su lectura a los militares británicos involucrados en la revuelta árabe del jerife Husein, algunos investigadores pensaron recientemente poder reducir esta obra a una exploración exhaustiva de una parte de la península con fines políticos o militares. Conscientemente o no, el autor participaría entonces en esta vasta empresa que consistió en acumular informaciones sobre territorios poco conocidos. Sin embargo, el mismo Doughty indicó otra vía.

El objetivo de contribuir al progreso de las ciencias de la Antigüedad no parece haber sido su mayor preocupación, aunque fuera importante. En efecto, a la investigación arqueológica se une la observación antropológica de los pueblos «de interés bíblico» según su expresión.

Del mismo modo que los viajeros que le precedieron, Doughty recuerda hasta la etapa de Maan (en la actual Jordania) escenas y momentos de la Biblia, integrando esta parte del desierto en la «geografía santa». nto the Tras volver a lnglaterra, hará un nuevo viaje a Damasco para recuperar la relación de las inscripciones de Madain Saleh, que mandará a Ernest Renan, confiándole la tarea de descifrarlas y publicarlas. Dos décadas después, el padre Jaussen, de la Escuela Bíblica de Jerusalén, vuelve a los mismos lugares y continúa el trabajo emprendido por Doughty, pero este, concentrado en la redacción de su relato, se preocupa de otra cosa: crear una obra literaria. Más tarde, se lanzará a la escritura poética y literaria, pero mientras lo absorbe el estilo y el vocabulario de Travels in Arabia Deserta. Declara querer resucitar el estilo de Edmund Spencer (1550-1600) y de Geoffrey Chaucer (1340-1400), fundador de la poesía inglesa, así como luchar contra la decadencia de la lengua inglesa de época victoriana. El resultado fue un estilo calificado a menudo como «extravagante» y se acercaba a la prosa isabelina.

La obra de Doughty se convirtió rápidamente en un clásico, pero dado que el libro contenía más de mil páginas y que el autor se negó a que el editor cortara ni un solo pasaje, ni una sola palabra. A partir de 1931 se impuso en inglés una versión corta establecida por E. Garnett, versión que retomó la editorial Penguin Books en 1956 y que dio lugar a muchas ediciones en otros idiomas, incluido el francés. Recientemente, Jean-Claude Reverdy se lanzó a la increíble aventura de la traducción íntegra y publicó el Doughty completo en 1.488 páginas (publicado en 2OO2 por la editorial Karthala), donde el lector, extasiado, puede navegar a placer.

 

Por Francois Zabbal. Ex director de la revista Qantara (Instituto del Mundo Árabe, París).

 

 

 

 

 

 

 

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