Santos y romerías en el Magreb y Andalucía

Ni el alma, ni la religiosidad popular entienden de religiones particulares y fronteras. Van más por los caminos de lo que Ortega y Gasset llamó “Intrahistoria” y por los de la vida.

Cuando hace unos 40 años entré por primera vez en la medina de los qayrawaníes de Fez me encontré con una comitiva que, al son de trompetas, timbales y cantos, rodeaba a un niño montado con su abuelo en un caballo. Lo llevaban a circuncidar al santuario de Muley Idris. Seguí esa comitiva y así me encontré con mi primer santo marroquí, enterrado en una tumba cubierta con un manto de terciopelo bordado en medio de su ermita, en una de cuyas puertas manaba una fuente de la que bebían numerosos peregrinos. Algunos de ellos eran negros y eso indicaba hasta dónde se extendía su devoción.

Al segundo lo encontré en otro santuario cerca de la argelina Tlemecén y se llamaba Sidi Bumedian, el Sevillano; fue a partir de él como comencé a interesarme por el tema. No era tan difícil puesto que Miguel Asín Palacios lo había tratado, tanto en la traducción del libro Vidas de los santones andaluces de Ibn Arabí, como en el que dedicó a las concomitancias entre la espiritualidad de los discípulos del tunecino Abu Hassan el Chadilí –que, a su vez, lo fue de Bumedian- y la de los carmelitas. Había pues un hilo de conexión sutil, pero conexión, al fin y al cabo, que unía a aquéllos con San Juan de la Cruz.

Pero una cosa es la altura espiritual o teológica a la que llegaran esas personas en su vida y otra la devoción multitudinaria que despertaran después y que, en ocasiones, no tiene nada que ver la una con la otra. No existe en el islam mediterráneo una relación reflexiva entre el pensamiento de Bumedian y quienes lo festejan, como tampoco existe entre el de San Benito -fundador del monacato europeo y, por ello, patrón de Europa para los católicos- y su romería, llena de danzas y elementos folclóricos, del Andévalo onubense. La gente que los festeja poco sabe de sus ideas teológicas o místicas; simplemente son importantes porque se han convertido en patronos locales y populares y representan a la colectividad.

Parque del Retiro. Madrid.
Parque del Retiro. Madrid.

Postales antiguas de distintos santuarios. A la izquierda el complejo de Sidi Boumedian en Argelia y a la derecha un santuario marroquí o morabito.

En toda la cornisa del sur mediterráneo, al igual que en la campiña andaluza, los santuarios o pequeñas ermitas dedicadas a santos milagrosos que generan una gran devoción pueblan el paisaje.

Siguiendo este camino descubrí a muchos de los santos musulmanes, sus cofradías y, en cierto modo, sus actitudes, ceremonias y eventos, que no distaban tanto de las que se dan en la religiosidad popular andaluza. Como ha sucedido en la historia de Andalucía, las hermandades magrebíes agrupan a personas de muy diferentes ambientes y posición social y han desarrollado ritos diversos: entre estas entidades las hay aristocráticas y populares, con prácticas silenciosas y bullangueras; otras parecidas a las que antiguamente fueron llamadas en España “de sangre”, y algunas amantes de los cánticos y los timbales, como los gnauas (con ritmos subsaharianos) o los aisauas, que podríamos comparar con las rocieras al escuchar sus sones en la que fuera la Plaza de España de Tetuán.

Una de las más extendidas en el mundo árabe es la Kadiría, cuyo patrono es Abdelkader el Yilani. Sus casas de hermandad conocidas como “zawiyas” o según el galicismo “zaguía”, (aunque existan los vocablos castellanos azulla y zauya), se encuentran en su mayoría en poblaciones magrebíes. En los años 20 del siglo pasado, el profesor Michaux-Bellaire escribía acerca de la devoción a este santo junto al que llegan muchas mujeres todos los viernes para dejarle prendas como exvotos, encender velas y quemar perfumes: “Es a Mulay Abdelkader al que recurren en sus cuitas para contarle sus pequeñas historias, esas que no quieren confiar a nadie; a quejarse de sus esposos o de otras mujeres: a él confían sus miserias, sus ambiciones, odios y, a veces, sus más íntimos afectos”.

Catedral de la Almudena. Madrid

Romería del Zalabí en Exfiliana (Valle del Zalabí, Granada). Ayuntamiento del Valle del Zalabí ©J.M. Romacho

 

La mayoría de las romerías andaluzas tienen como tema recurrente la advocación mariana. Tradicionalmente, el hallazgo en el campo de una imagen de la virgen, que pide que se construya una ermita en su honor, da origen a la celebración de una romería en la que se la lleva en procesión hasta su ermita todos los años.

La escena resultará familiar a cuantos hayan visto lo que sucede en cualquiera de nuestros pueblos y ciudades (y también en ese día de la semana) que se puedan imaginar, especialmente las de Jesús Nazareno en sus innumerables advocaciones e, incluso, sobrenombres con los que los designan sus cofrades y devotos. En realidad, en una y otra parte e independientemente de la teología -aunque sin transgredirla- esas figuras han adoptado el perfil del “paterfamilias”, la cabecera de una estirpe espiritual y sentimental.

En algunos casos, como el de Abdelkader, esa devoción traspasa las fronteras de los países y las razas. Sin embargo, en otros, y en la mayoría de ellos, se trata de santos cuya figura brilla en un ámbito local o regional. Son algo similar a lo que conocemos entre nosotros como patronos.

Cada población, además de rendir culto a otros, tiene el suyo propio, como también lo tienen muchas profesiones, lo que ha llevado al nacimiento de ritos, grandes o pequeños, y elaboraciones gastronómicas enlazadas con sus nombres. El patrón de Tetuán es Sidi Saidi, el Ceutí que vivió en el siglo XIII y tiene su ermita junto a la puerta que lleva su nombre, Bab Saida. Larache tiene por patrono a un santo muy popular y milagrero, Mulay Buselham, emparejado devocionalmente con la buena mujer que le ayudó, Leila Mamuna. Una romería festeja anualmente a ambos en el paraje conocido como la Laguna Azul.

Palacio Real. Madrid

Imagen de la mezquita Qarawiyyine en Fez, Marruecos. ©Xurxo Lobato

Palacio Real. Madrid

Interior el mausoleo de Mulay Idriss en Fez, Marruecos. ©Xurxo Lobato

 

 

El de Fez es Mulay Idris, ya citado al principio y el de Marraquech, Sidi Bel Abbes, también protector de los labradores, con el mismo papel que aquí cumple San Isidro. Se trata de un monje malamati, (modalidad sufí) con voto de pobreza extrema como los franciscanos primitivos. Averroes, que hubo de examinarlo doctrinalmente, concluyó que esa pobreza tenía como objetivo la generosidad. Desde que en el siglo XVIII apareciera en Tetuán Sidi Belabás también tiene predicamento entre los buñoleros que, cada día, dan a niños y pobres los primeros buñuelos, llamados en su honor abbasiya.

En Alcazarquivir es Sidi Alí-Bugaleb, otro místico llegado allí desde al-Andalus, el que congrega a sus devotos. Es también un santo milagrero y los montañeses visitan su tumba los días de mercado, llevándole ofrendas.

Abu Mohamed Sali, fundador asímismo de una cofradía, es el patrón de Safi, lo mismo que Abd al-Rahman El Talabi lo es de Argel. La caballería marroquí está bajo la protección de Sidi Mohamed Cherqui de la misma manera que la española tiene el patrocinio de Santiago.

En Salé, la ciudad que fue prácticamente una república andalusí independiente hasta el  setecientos, dos santos comparten los sentimientos: el primero es Sidi ben Asir, nacido en la gaditana Jimena de la Frontera y amigo de Ibn Abad de Ronda, cuya devoción –seria y de ritos adustos- podríamos comparar con la que se profesa a Jesús del Gran Poder de Sevilla; el segundo, Sidi Abdala Ibn Hasun, festejado de forma mucho más festiva en la procesión de cirios que se celebra anualmente en la Pascua, el Mawli,  el nacimiento de Mahoma.

Al borde de la medina de Túnez, entre la muralla del barrio andaluz y la laguna, se da un ejemplo singular: la venerada tumba de Abdala el Trujimán que en España es conocido como Anselmo de Turmeda, monje y escritor prolífico que abrazó el islam y que, sin embargo, siguió teniendo buenas relaciones con la iglesia católica, sin que sus obras nunca fueran condenadas aquí.

Las sedes de estas asociaciones están habitualmente ubicadas junto a la azulla del santo y acogen escuelas o madrazas, una hospedería, a veces un hospital… En muchas de ellas encontraron acomodo los moriscos expulsados de España en el siglo XVII.

Pero, sin duda, por encima de todos ellos está Mulay Abdesalam Ibn Mechich, que tiene su santuario en la cima del monte Alam, en la cabila de Beni Aros, a mitad de camino entre Tetuán y Chauen.

Ya lo citamos al principio como uno de los grandes maestros de la mística, pero su devoción entre el pueblo y la importancia de su figura están también ligadan a la historia y, especialmente, a una batalla.

El lugar, parecido a la Peña de Arias Montano, en la serranía de Huelva es sobrecogedor por su sencillez; en realidad es una musalla, o lugar abierto de oración, en el que sólo emerge una casilla de piedras sin revocar y, al fondo, dos rocas casi unidas entre las cuales pasa la gente para obtener la baraka, la bendición. Todo el suelo de la planicie que culmina el monte está cubierto con láminas del corcho que producen los alcornoques vecinos y el muro blanqueado de la ermita, ennegrecido por el humo de las velas que la multitud de devotos deja encendidas.

El “otro Lepanto” llamó Fernand Braudel a la de los Tres Reyes en su obra El Mediterráneo en tiempos de Felipe II, y en cierto modo es verdad, puesto que terminó con la expansión de los portugueses en Marruecos. Se libró a orillas del río Lupus, cerca de Alcazarquivir, y en ella perdió la vida el rey Don Sebastián de Portugal, además del sultán y del aspirante al trono, aliado de los lusitanos.

En ella tuvieron gran importancia los “granadinos”, llegados tras la ruptura de las capitulaciones y con la experiencia militar que les habían proporcionado sus guerras civiles como las que libraban con los castellanos, y la familia Raisun (la del célebre Raisuni de principios del siglo XX), con su solar en Beni Aros.

Vista del centro de Madrid desde una de sus terrazas.

Ruinas romanas de Volubilis, Marruecos, con la ciudad de Mulay Idriss al fondo

 

Los Raisun son idrisitas –descendientes de Mulay Idris y del pueblo que lleva su nombre junto a las ruinas romanas de Volubilis ̶   que fueron aliados de los omeyas durante el Califato de Córdoba, y bajo ellos colonizaron el norte magrebí. Debemos suponer que esta política continuó de alguna manera porque, a finales del siglo XV emparentaron con los andalusíes Sidi Al Mandri y Mulay Alí Ibn Rachid, fundadores de Tetuán y Chauen, respectivamente. Los restos de la esposa de Al Mandri, la sultana Zayda la Horra, se encuentran en la casa-palacio de Raisuni en esta última ciudad.

La victoria la siguen conmemorando en la ceremonia la “Meguilá de los Reyes” los judíos sefardíes, que no eran bien vistos por el monarca portugués. Dicha victoria se atribuyó a la protección de Mulay Abdesalam y, desde entonces, su santuario ascendió a la más alta consideración, tanto por parte de la realeza como del pueblo. De esta manera, fue con frecuencia el refugio intocable que buscaban cuantos eran perseguidos por el sultán o por las grandes familias. Al mismo tiempo que la fama de Mulay Abdesalam creció en todo el país, creció también la estimación hacia las familias moriscas.

Gracias a esa coyuntura histórica las dinastías magrebíes tuvieron más poder y estabilidad de la que supo aprovecharse la actual alauí, con raíces en Uazan, en la orilla del río Luco contraria a Alcazarquivir.

A partir del siglo XVIII estos monarcas, igual que sucediera en España y en los dos bandos en los que se dividía su religiosidad, se sirvieron de las hermandades para extender sus ideas y su influencia. En España, es de notar que fue entonces cuando la administración ilustrada promueve la canonización de san Isidro Labrador, en espera en el Vaticano desde hacía cientos de años para llevar a través de su devoción el amor al labrantío de la tierra y “frenar” la de la Divina Pastora que promovían los frailes, con mentalidad inclinada hacia los nobles partidarios de la dinastía anterior, la de la Casa de Austria, y los ganaderos.

En Marruecos se levanta entonces la cofradía de la Casa de Uazan, muy intervencionista en política y en las “Guerras de África” españolas del siglo siguiente; del mismo modo que, un poco antes, las cofradías jugarían un papel importante en Andalucía contra la invasión francesa y las medidas laicistas de la administración de José Bonaparte.

En esos años es cuando tiene lugar la milagrosa aparición del patrón de Marraquech, Sidi Belabás, en Tetuán, hasta entonces un territorio muy alejado del poder real y administrado por “granadinos”, fundadores de la ciudad como los Erzini (Albarracín), y “moriscos” como los Torre o los Luca.

 

Palacio Real. Madrid

Grupo de gnauas en la plaza de Jemáa al-Fnáa de Marraquech ©Xurxo Lobato

 

Desde entonces no cesaron de aparecer nuevas cofradías que, de una u otra manera, intervinieron en los asuntos políticos: la Tiyanía –fundada por al-Tiyani, enterrado en Fez ̶    que jugó un gran papel en la rebelión de los argelinos contra los turcos y, más tarde, apoyando a la administración francesa. Los darkauas, que fueron fundados en una cabila cercana a Alhucemas, se distinguieron por su beligerancia con la ocupación española que daría lugar al Protectorado. Diversos autores afirman que el bereber Abd el-Krim, causante de la derrota de las tropas españolas en Annual pertenecía a esta cofradía y entraba en batalla con el turbante verde que los caracteriza.

Mussem es la palabra que se usa en Marruecos para las conmemoraciones callejeras, y puede designar tanto una fiesta religiosa urbana, una romería o un festival; en realidad allí donde las esferas religiosa y civil están mezcladas, no sólo oficialmente sino, sobre todo, mentalmente –como aún ocurre en buena parte de Andalucía –son pocos, realmente, los eventos enteramente laicos.

En el Mediterráneo, con cuatro estaciones muy diferenciadas y, después de todo, benignas, el año se sigue rigiendo por varios calendarios: el universal y el estacional, el del sol y el de la luna, y de la combinación entre ellos resultan muchas de las fiestas patronales.

En las ciudades históricas, como Fez, Marraquech o Rabat, los santos y sus cofradías están unidos a los oficios, como también sucedía hace siglos entre nosotros, porque el gremio era impensable sin una base religiosa y, al mismo tiempo, era una entidad de defensa ante la competencia y de ayuda mutua.

El día de la festividad, la entidad gremial hace alarde de su prosperidad con la magnificencia de las cabalgatas o cortejos, creando un ambiente multitudinario en las calles y exhibiendo prendas que regalan al santuario, especialmente la pieza de terciopelo bordado que recubre el sepulcro del santo y que se lleva en procesión para que todo el mundo pueda admirarlo.

Esas escenas nos son muy familiares porque en nuestras procesiones ocurren (y sobre todo ocurrían en el pasado) cosas parecidas, desde las subastas por llevar el paso o trono, hasta las donaciones de túnicas o mantos a las imágenes, pasando por la pugna por reunir gente o lanzar cohetes o salvas de pólvora en determinados lugares relacionados con familias o entidades empresariales o mercantiles.

Otras relaciones ceremoniales con los santos para implorar su protección están enmarcadas en el ciclo vital, como la de la circuncisión en el mausoleo de Muley Idris de la que hablábamos al principio. En Tetuán, tras la ceremonia nocturna del enlace matrimonial y mientras –ya de madrugada- se lleva en palanquín a la novia a casa del esposo entre música de orquestas, es costumbre pasar por la ermita de Sidi Saidi y llamar a su puerta con el “paso” en el que se porta a la recién casada. Los entierros de personas adscritas a cofradías suelen diseñar su itinerario para pasar por delante de estos lugares y, también en Tetuán, todas las comitivas se detienen un momento ante el mausoleo del granadino Sidi al-Mandri, fundador de la ciudad.

Pero los mussems cobran especial significación cuando en ellos entra como elemento esencial el viaje, o sea, cuando la fiesta se concreta en la romería. A principios del siglo pasado el arabista Miguel Asín Palacios, en su libro Chadilíes y alumbrados decía a propósito de la romería al santuario de Mulay Abdesalam:

Sin más documentos que estas bulliciosas escenas en las que la devoción se mezcla con las diversiones profanas, sería bien difícil adivinar hoy el sentido de austeridad y de misticismo en el que se inspiró la vida y la doctrina de aquel santo ilustre”.

Igual podría haber dicho de las que salpican la geografía andaluza y española, las regiones del sur de Italia, Grecia, México, Perú… porque en todas ellas existe una mezcla, no tan superficial como desde fuera se ha pintado, de la religión y la vida que es lo que, en definitiva, define la religiosidad popular.

 

La realización del viaje ritual está en lo más profundo del ánimo humano porque tiene connotaciones de limpieza, de volver a empezar, lo mismo que conferir carácter sagrado a la cumbre de un monte o al corazón ignoto de una zona de marisma. A ello hay que añadir también la necesidad de buscar pareja o “renovar la sangre” que se tenía en los ámbitos rurales formados por pequeñas poblaciones; recordemos que la romería del Cristo del Paño, de Moclín (Granada) es el trasunto de la obra de teatro Yerma, de Federico García Lorca. Uniendo todos estos elementos cobra sentido el viaje anual que es la romería.

Palacio Real. Madrid

Romería del Cristo del Paño, que se celebra en la localidad de Moclín, hito de la Ruta del Califato en la provincia de Granada.

En España la mayoría de estas se rigen por el calendario solar y están por tanto relacionadas con el final de determinadas labores agrícolas, aunque hay algunas, como la del Rocío, que siguen dependiendo de los meses lunares.

En el Magreb son los diferentes días grandes del año musulmán los que las marcan y, en especial, el Maulid, (nacimiento del Profeta). Alrededor de ésta también se debieron dar en al-Andalus acontecimientos festivos y de ello nos queda un resto en un célebre villancico de Luís de Góngora:

Al Gualetehejo
del Señor Alá,
aa, ha, ha.
Hace vosacé
zalema e zalá.

El pintor Mariano Bertuchi, afincado en Marruecos durante la mayor parte de su vida, y al contrario de la mayoría de los “orientalizantes” de su tiempo que confundían Marruecos con la corte de Harun al-Rachid, nos dejó unas magníficas y coloristas escenas de romerías marroquíes, similares a las que otros artistas andaluces pintaron sobre las que se celebran a este lado del Estrecho.

Algunas de las que celebran actualmente en Marruecos las describía en 1988 Juan Goytisolo: “El valle contiguo al cerro (cercano a Marraquech) donde descansan los restos de Leila Fátima se ha transformado en un zoco con aires de feria… el gentío allí congregado discurre por improvisados senderos entre figones de pinchitos, tenderetes de ropa y calzado, carnicerías y sombrajos con vendedores de cirios y especias… una banda de músicos ya ancianos con instrumentos rústicos, familias y grupos de mujeres que guisan o acampan en la dulzura de la ociosidad estival… el sendero zigzaguea y la fila de los que suben se cruza con la de los que regresan de la ziara (visita) de la santa…”.

La estampa podría servir para cualquiera de los numerosos peregrinajes que se dan en nuestra geografía en las cuatro estaciones del año, comenzando por la romería de la Virgen del Mar en Almería y terminando en las otoñales de Valme y Cuatrovitas, en Sevilla.

La romería es una incisión en la cotidianidad, y el clima que se respira en ellas es distinto al de todos los días. Cuando se alude a ese hecho suele derivársele hacia aspectos eróticos pero lo cierto es que la inversión que se produce abarca muchas más facetas: las personas de alta condición deciden hacer caso omiso de ella por unos días y se muestran campechanas, mientras las de estratos sociales populares lucirán allí sus mejores ropas y sus alhajas. Todo el mundo hará alarde de abundancia y prodigalidad en un ambiente general de hospitalidad para cuántos se acerquen.

Otra vez recurrimos a Goytisolo para esto: “…El ambiente de libertad reinante (se refiere a una romería de El Yadida) responde a las características generales de algunos mussem: mujeres y muchachas circulan tranquilamente de noche, se detienen a platicar con desconocidos, acogen con agrado su cortejo y galanterías. Encuentros, idilios, citas nocturnas, se ajustan a veces por señas y, amparadas en la santidad del lugar, las homenajeadas no se ven obligadas a justificar su ausencia…”.

En realidad, se trata de unos días y un ambiente en los que se traspasan las rígidas convenciones sociales de todo el año. El viaje físico va unido a otro interior que es el que crea verdaderamente la “adicción” a estos eventos y el que provoca en muchas personas –aquí y allí- estados casi místicos o de catarsis donde se vierten los sentimientos acumulados y se da rienda suelta a la emoción.

Un sociólogo francés, Pierre Bourdieu, escribió hace 50 años en Sociologies de l’Argelie:

“En el islam de las comunidades rurales […] la experiencia de la colectividad constituye la experiencia original de lo sagrado. La veneración del jefe de familia, símbolo de la comunidad y sacerdote de la religión doméstica, el culto a los ancestros […], la “baraka”, potencia misteriosa y bienhechora […], prácticas mágicas destinadas a procurar la fecundidad de los campos y de las mujeres […], he aquí una religión rural […] que poniendo el acento en el rito hace de la vida una especie de liturgia ininterrumpida […]

[…] El Dios del dogma coránico permanece lejano, inaccesible e impenetrable, el hombre del pueblo tiene la necesidad de acercar hacia él la divinidad […] Morabitos y cofradías presentan una religión que habla al corazón y a la imaginación”.

Podría haber escrito lo mismo refiriéndose a las viejas tierras de al-Andalus.

 

Florencio Sayago,

es Historiador

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