La tumba del rey Mausolo, una obra para la eternidad
En memoria de Louis Werner (1954-2025)
Periodista y cineasta americano
En Halicarnaso, la ciudad de la Antigüedad que es en la actualidad Bodrum, en Turquía, existió un excepcional monumento funerario construido en honor al rey Mausolo en el siglo IV a.C. Tal fue la magnitud de la edificación que desde entonces se acuñó el nombre de mausoleo para designar los panteones suntuosos.
El rey Mausolo, que fue sátrapa[1] de Caria y vasallo del Imperio persa aqueménida que gobernó desde el año 377 al 353 a.C., se casó en esta ciudad con su hermana Artemisia II, convirtiéndola en reina. Esta rara unión en matrimonio dio origen al gran monumento que se construyó en esta ciudad para conmemorar su muerte, pues la riqueza y el poder que ostentaron en vida debían de quedar patentes en su fastuosa tumba.
Halicarnaso, la ciudad del Mar Egeo al norte del antiguo reino de Licia, fue igualmente la cuna de Herodoto, conocido como el “padre de la historia”, que escribió que anteriormente existió en Caria otra reina llamada Artemisia, de la que relataba: “a pesar de ser una mujer, me llena de total asombro”. Fue protagonista de una gran gesta en la batalla de Salamina, en el año 480 a.C., cuando tras ser atacada por un trirreme ateniense, hundió a propósito un barco amigo para salvar su propia vida. Esto hizo que Jerjes, su señor, quien observaba el desarrollo de la batalla desde una distancia tal que no podía distinguir a los aliados del enemigo desde lejos pronunciara la célebre expresión “mis hombres se comportan como mujeres y mis mujeres como hombres”.
Años más tarde, la hermana de Artemisia II, Ada, se convirtió en reina al casarse con su otro hermano, el rey Hidrieo, de quien se vengó cuando este la repudió, entregando la ciudad a Alejandro Magno durante el asedio del año 334. En un gesto desesperado de sumisión, le pidió permiso para adoptarlo como hijo. El biógrafo romano de Alejandro, Arriano, escribió con acritud que él no rechazó la oferta “tras ver que la ciudad estaba arrasada por las llamas”.
Todo esto sucedió en Halicarnaso, lugar donde aparece por primera vez la palabra mausoleo: la tumba que la reina Artemisia se hizo construir para que reposaran sus cenizas y las de su hermano, Mausolo. Antípatro de Sidón −el poeta griego que elaboró en el siglo I-II a.C una de las primeras listas con las Siete Maravillas del Mundo Antiguo − incluyó la tumba que en griego se calificaba como theamata, (que merece ser visitada).
Una relación tan “antinatural”, como poco, entre hermano y hermana, fue descrita más tarde por el artista barroco florentino del siglo XVII Francesco Furini en su obra: “Artemisia[2] con las cenizas de su esposo y hermano Mausolo”, donde la reina aparece con el pecho desnudo y las mejillas sonrosadas, simulando una actitud distraída.
Bocaccio escribió sobre Artemisia en su obra De Claris Mulieribus −que trata sobre las biografías de las grandes mujeres de la historia− que “un receptáculo cualquiera, refiriéndose al lugar donde hubiera de ser enterrado el rey, hubiera sido inadecuado para sus cenizas excepto en el que ardía la llama de su amor”, obviando de manera muy diplomática el hecho de que fueran hermanos. No cabe duda de que basó esta historia en la del autor romano Aulo Gelio, del siglo II, quien relató de manera más macabra en su libro Noctes Atticae (Noche Áticas): “inflamada por la pena y anhelando a su esposo, mezcló sus cenizas, las molió hasta convertirlo todo en polvo, lo puso en agua y se las bebió… se dice que dio muchas otras pruebas de la violencia de su pasión”.
Según el escritor romano Vitrubio, “Tras la muerte de Mausolo, su esposa, Artemisia, se convirtió en reina y los habitantes de Rodas, que se sintieron ultrajados porque fuera una mujer la que gobernara en todos los estados de Caria, armaron una flota y navegaron hasta vencer el reino. Cuando estas noticias llegaron a oídos de Artemisia, ordenó que ocultaran su flota y que los remeros y marineros se reunieran para esconderse, mientras que el resto de los ciudadanos debían ocupar sus puestos en las murallas de ciudad. Cuando se produjo el desembarco de los rodios, ordenó a la gente de las murallas que les dieran la bienvenida y les dijeran que entregarían la ciudad. Entonces, una vez que franquearon las murallas, habiendo dejado atracados sus barcos vacíos, Artemisia tomó por sorpresa la flota; desembarcó a sus soldados y remolcó los barcos vacíos de los rodios mar adentro. Así pues, tras la emboscada, los rodios no tuvieron otra opción que emprender la huida. Les dieron muerte de manera violenta en el mismo foro”.
La ciudad donde ocurrió esto en tiempos antiguos, se conoce hoy en día, como Bodrum, una palabra turca que significa − ¡qué gran coincidencia! − “mazmorra”, aunque no haya nada de oscuro ni lúgubre en este luminoso puerto de la Costa Turquesa, un prestigioso centro del turismo de lujo. El nombre de Bodrum, de hecho, procede de la palabra latina Petronium, por el castillo-fortaleza conocido como de San Pedro, que fue edificado en el siglo XV por los caballeros cruzados de la Orden de San Juan para defender el puerto. En su construcción fueron utilizados los bloques de piedra que llevaron piedra a piedra desde la tumba de Mausolo. Estos se hallaban apilados desde que llegaron a estos lugares en 1407, cuando Tamerlán expulsó a los caballeros de su castillo, que ostentaba el mismo nombre −San Pedro− en Esmirna.
El obispo Eustacio de Tesalónica describió el mausoleo como “una maravilla” que aún se mantenía intacto a finales del siglo XII, lo que nos lleva a pensar en lo cercana en el tiempo que estaba esta maravilla del conjunto de Maravillas del Mundo Antiguo, al igual que las pirámides de Giza, las únicas que han sobrevivido de esa lista. Sin embargo, nunca podremos saber ni cuándo ni cómo se vio el mausoleo reducido a un simple montón de piedras, pues después de todo estaba construido sobre una zona de fuerte actividad sísmica y abundantes maremotos. La ciudad vecina de Cos fue arrasada por una ola en el año 554, y un terremoto volvió a agitar la ciudad nuevamente el 18 de octubre de 1493.
De igual modo, debemos de tener en cuenta los habituales que eran en la Edad Media los saqueos de los tesoros monumentales del mundo antiguo.Cicerón, por ejemplo, culpa a Caius Verres, un gobernador romano famoso por corrupto, que robó la mayor parte de sus estatuas más preciadas. El general árabe Muawiya[3] derribó en el año 645 lo que quedaba del Coloso de Rodas para venderlo, y una crónica de Bizancio de ese periodo señala que también saqueó Halicarnaso. De hecho, no se han hallado ni monedas ni fragmentos de cerámica cerca del lugar donde estaba emplazado el mausoleo, lo que nos indica que ya había pasado mucho tiempo desde que fue abandonado.
La ubicación de Halicarnaso era muy confusa durante la Edad Media; los escritores se seguían refiriendo a este lugar en tiempo presente y como una de las maravillas del mundo, aunque nunca aparecía en mapa alguno. No era mencionado —de no ser referido como algún lugar mítico de antaño— en ningún manuscrito entre los años 100 y 1495, como si se lo hubiera tragado el mar, exactamente igual que la Atlántida.
A partir del Renacimiento, cuando fue “redescubierta” en las obras de los autores clásicos, los sabios encontraron divertido proponer reconstrucciones hipotéticas del mausoleo, al que atribuían una altura de 145 metros, distribuidos en cinco plantas. Plinio el Viejo nos dejó una detallada descripción de segunda mano, aportando los nombres de su arquitecto Piteo y su escultor Sátiro de Paros, al tiempo que ofrecía unas medidas que resultaron ser imprecisas. Precisamente fue el podio: un área de 32 por 38 metros realizados en bloques de piedra verde encastrados en mármol. Ahora sabemos que la base era cuadrada. Encima estaba el pteron, un cerramiento de treinta y seis columnas de orden jónico de mármol distribuidas de nueve en once, con estatuas de la familia del rey entre cada una de ellas, y adornadas con tres frisos junto debajo que describen batallas importantes, como la de los griegos contra los macedonios, otra con centauros y una tercera que describe un suceso sin identificar. El tercer nivel estaba formado por un cuerpo en forma de pirámide con 24 escalones que conducían hasta el cuarto nivel, un pedestal sobre el que descansa un quinto y último elemento, una cuadriga, o carro tirado por cuatro caballos que acarreaban las estatuas de Mausoleo y Artemisia. El conjunto arquitectónico estaba rodeado por unos muros de 242 por 105 metros.
También según Plinio, los escultores más famosos del momento −Escopas, Leocares, Timoteo y Briaxis− trabajaron de manera individual en los frisos de las cuatro caras y en las estatuas de la columnata, y que incluso después de la muerte de Artemisia II “no dejaron de trabajar, pues consideraban que se trataba tanto de un monumento en honor a esta como al arte de los escultores”.
El primer arqueólogo moderno de Halicarnaso, el inglés Charles Thomas Newton, encontró cuando trabajaba en el lugar en 1857 varios paneles de un friso y estatuas —entre ellas la de un hombre que medía 3 metros, que pensó que podría tratarse del mismo Mausolo—, que se encuentran en la actualidad en el Museo Británico. Durante otras expediciones que se llevaron a cabo más tarde por un equipo de daneses dirigidos por Kristian Jeppesen, se sacaron a la superficie unas 70 estatuas de leones y 250 figuras humanas. Muchas de ellas fueron halladas extramuros del mausoleo, lo que nos lleva a pensar que fueran arrastradas hasta allí por un movimiento sísmico.
La interpretación que hizo Newton acerca de la posible apariencia del mausoleo, le sirvió más tarde como modelo de numerosos edificios históricos, como la tumba de Gran (1897) en Nueva York, el Santuario de los Caídos (1928) en Melbourne y el Templo Masón (1915) de Washington. El diseño de La Iglesia de San Jorge del barrio londinense de Bloomsbury está inspirado directamente en la descripción que hizo Plinio.
Vitruvio describe otros edificios de Halicarnaso que han desaparecido totalmente, como el palacio “decorado en su totalidad con mármol de la cantera de Proconeso” (en la isla turca de Mármara), y cuyas paredes de ladrillo, que aún hoy en día muestran su extraordinaria resistencia, estaban recubiertas de “estuco tan pulido que brillaban como el cristal”, el santuario dedicado a Marte “con una estatua colosal realizada por el famoso Leocares” y el templo de Mercurio.
Los caballeros de la Orden de San Juan llegaron a Halicarnaso en 1407 y se encontraron con la tumba ya en ruinas. Uno de esos caballeros, que escribió justo después del terremoto de Kos de 1493, relataba que podría haber afectado a Halicarnaso, y que el mausoleo se había «salvado de la furia de los bárbaros porque estaba escondido entre las ruinas de la ciudad». Seguía con la descripción del descubrimiento de su cámara funeraria situada en el interior: «primero nos encontramos con unas escaleras que bajaban hasta la cámara del enterramiento que estaba bajo tierra y al llegar hasta ella nos quedamos sin respiración por la espectacular vista que teníamos ante nuestros ojos. Un instante después empezamos a saquear el lugar, pero no teníamos mucho tiempo porque recibimos órdenes de regresar al castillo. Al día siguiente, cuando regresamos al mismo lugar, nos encontramos con preciosas joyas de oro y piezas de tejidos nobles esparcidas por todos lados”.
Los caballeros templarios, algo imperdonable, simplemente molieron y quemaron los bloques de mármol para obtener mortero. Así pues, podría decirse que el aglutinante que mantiene en píe hoy día su castillo, se obtuvo de «la estructura ósea» del mausoleo que a su vez alojó una vez los huesos del mismo rey Mausolo.
En abril de 1989 tuvo lugar un hallazgo arqueológico extraordinario en Bodrum: la tumba de una mujer de cuarenta años, ricamente ataviada, con una tiara de oro, collar, anillos y brazaletes, que hoy se conoce como la «Princesa Caria», y cuyos huesos han sido datados entre los años 360-325 a.C. ¿No sería la reina Ada, la que entregó su ciudad a Alejandro?
Otro descubrimiento, el de una mujer adornada de manera muy bella, de mediados del siglo IV a.C., pone fin prácticamente a la historia que narra la misteriosa desaparición de otra hermosa estatua de una mujer desnuda de exactamente la misma época: la conocida como la Afrodita de Cnido. Fue la primera estatua griega exenta, en un desnudo integral, esculpida por el gran escultor Praxíteles, que se exhibía en el templo dedicado a Afrodita Euplea −la diosa del buen viaje− justo al otro lado del estrecho Ceramicus Sinus (en la actualidad el Golfo de Gókova), en la colonia griega vecina de Cnido.
Los peregrinos no dejaban de llegar de Cnido, Halicarnaso y de todos los lugares de la costa caria. Muchos llegaban a bordo de aquellas maravillosas embarcaciones de madera de dos mástiles denominadas con la palabra turca gulet.
El prestigioso periodista polaco Ryszard Kapuscinsky (1932-2007), cuando visitó estos lugares para documentar su último libro Viajes con Heródoto, narraba que, en el Museo de Arqueología Subacuática de Bodrum, en el Castillo de San Pedro, halló «un fragmento del insondable mundo subacuático, cuyas profundidades son tan ricas y variadas como el reino de su superficie. Existen islas hundidas ahí abajo, y en ellas pueblos y ciudades sumergidos, puertos y puntos de amarre, templos y santuarios, altares y estatuas… hay barcos hundidos y naves piratas… galeras fenicias, las grandes flotas de los persas… un sinnúmero de cuadrillas de caballos, rebaños de cabras y ovejas, bosques y tierras de cultivo, viñedos y olivares… el mundo que Heródoto conoció».
De todos los rasgos del castillo sólo existe un fragmento de la estatuaria del mausoleo, pues todo ha desaparecido. Sin embargo, cuando quiera que sea, ahora o en el futuro, o donde sea que los restos de un dictador, o un presidente, o cualquier persona célebre reposen en un mausoleo, uno bien podría mirar atrás y reparar en la historia de rey Mausolo de Halicarnaso, y cómo Heródoto dejó descrita para la posteridad la lucha del hombre para preservar sus obras de la decadencia o la destrucción.
En memoria de Louis Werner (1954-2025)
Periodista y cineasta americano, colaborador asiduo de esta publicación.
[1] Los sátrapas eran directamente elegidos de entre la nobleza por los reyes como líderes o gobernadores locales en los imperios antiguos, y cuyo principal predicamento estaba basado en su lealtad al emperador o monarca.
[2] La pintura muestra a Artemisia sujetando una copa dorada que contiene el brebaje elaborado con parte de las cenizas de su esposo y hermano, Mausolo, cuya ingesta convertiría su cuerpo en una tumba viviente.
[3] Muawiya ibn Abi-Sufyan fue el fundador del califato omeya y su primer califa, que gobernó entre 662-680.
Artemisia con las cenizas de su esposo y hermano Mausolo.
Óleo del artista barroco florentino del siglo XVII Francesco Furini. La pintura muestra a Artemisia sujetando una copa dorada que contiene el brebaje elaborado con parte de las cenizas de su esposo y hermano, Mausolo, cuya ingesta convertiría su cuerpo en una tumba viviente.
Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
Según el listado que elaboraron Filón de Bizancio y Antípato de Sidón: la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisia en Éfeso, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría.
Friso que describe una escena de lucha con las amazonas que decoraba la base perimetral del monumento. ©Trustees of the British Museum.
Los elementos ornamentales del mausoleo fueron elaborados por los mejores artistas de su tiempo, como Escopas de Paros, Timoteo, Leocares y Briaxis.