Estepa, una atalaya en la campiña andaluza

La ciudad de Estepa, en la Ruta de Washington Irving ha sido testigo en época medieval de no pocos episodios históricos interpretados por ejércitos, órdenes de caballería y monacales.

Cuando hace muchos años se recorría el viejo camino, convertido en carretera, el viajero llegaba a Estepa de sopetón, sin ni siquiera haberla entrevisto. Y tampoco se ve al adentrarse en ella y recorrerla como quien pespuntea la orla de un extenso y raro capote blanco. Ahora no: medio mundo ha visto desde la Autovía del 92 el caserío desplegado por el monte que encorseta esa atalaya desde la que se divisan tierras de Sevilla, Málaga, Córdoba, Jaén y Cádiz. Ahora hay un diálogo de tú a tú entre la ciudad y el viajero.

Este sol de invierno no es el de York al que aludía Shakespeare por boca de Ricardo III; es el sol tibio de finales de enero, produciendo el milagro de nevar los almendros con flores que son presagio del fruto con el que se hornearán los dulces navideños por los que Estepa es famosa. Su aroma ha sustituido al de la canela y el ajonjolí que hasta hace unos meses inundaba, como cada año, las plazas y calles recoletas que forman un damero casi desde el pie del Cerro de San Cristóbal a la fortaleza en su cima.

En Estepa, el sol tibio de finales de enero produce el milagro de nevar los almendros con flores que son presagio del fruto con el que se hornearán los dulces navideños por los que esta ciudad es tan famosa, y que cada año por estas fechas la inundan de tan goloso aroma.

Su mole y las torres de maciza belleza indican los caminos de la Historia: un pasaje de las décadas donde Tito Livio narra un episodio similar al de Numancia en el que la población entera prefiere morir antes que entregarse, que seguramente revistió de leyenda, ya que poco tiene que ver con ella pues parece que se trata de otra población, aunque cercana. Su caminar por las páginas de los hechos ciertos comienza en los nebulosos años de la Alta Edad Media andaluza, la que se mueve por los años de los primeros omeyas y las revueltas de Omar Ibn Hafsún, renuente al proceso de unificación emprendido por Abderramán I.

Desde entonces y hasta los comienzos del siglo XV, Estepa sería siempre una muralla entre dos tierras: entre esos mozárabes y Córdoba, más tarde -caído ya el califato- entre los abasíes sevillanos y los ziríes granadinos y, por último, entre las tierras tomadas por Castilla a los almohades y el reino nazarí. En los años que van desde que llegaran las mesnadas de Fernando III, a mediados del siglo XIII, y el paso de las tropas con las que el Infante Don Fernando marchaba a la conquista de Antequera, a principios del cuatrocientos, fue cuando Estepa comenzó a bajar por la escarpa y a convertirse en una población hecha y derecha.

Hasta ahí dominó este llano de prietos muros que imperan al alimón la Torre del Homenaje y la iglesia de Santa María, un templo con la misma fortaleza de un castillo, como los que había mandado levantar a sus benedictinos blancos, los cistercienses, Bernardo de Claraval. Uno de los pocos que fue en verdad parte monje y parte soldado, fue además economista: la minuciosidad y la programación con las que el Cister administraba sus tierras lo convirtieron en el brazo imprescindible para un Papado, midiéndose continuamente con el Emperador; reyes que se medían con los nobles y órdenes militares cumpliendo papeles al estilo de la película “Rojo 1 División de choque”.

Esto fue lo que hubo en Estepa hasta que el castillo dejó de serlo de verdad; eso sucedió en cuanto el infante de Castilla y futuro rey de Aragón tomó Antequera; fue ahí donde empezaría la ruina que lo dejó al borde de la desaparición; se ha ido restaurando poco a poco, pero con minuciosidad. En cambio, la iglesia, levantada sobre la mezquita, siguió enhiesta por el método de construirse y derribarse al mismo tiempo: se alzaba una nueva cabecera soportada por el edificio anterior y, luego, éste iba desapareciendo poco a poco a medida que la construcción nueva avanzaba. Fue un método muy probado en los territorios entregados a las Órdenes Militares. Fue a la de Santiago, heredera de los bienes de los Templarios, a la que se encomendó la custodia de Estepa porque en medio siglo Castilla había doblado sus territorios, pero, naturalmente, no había podido doblar la población.

El desmedido territorio concedido a estos monjes   ̶ bastante menos monjes que soldados ̶   es la prueba del nueve, de esa teoría cogida por los pelos que esgrimía la repoblación de Andalucía como base para dar por buenas todas las pruebas de limpieza de sangre a las que se obligaba a cualquiera que quería obtener un empleo.

Ese régimen de propiedad conllevó que los caballeros santiaguistas hicieran de Estepa una isla en medio de un océano nobiliario, una especie de ciudad libre que ni siquiera dependió de la diócesis sevillana hasta mucho después, sino que se regía por normas propias y se proveía de clérigos sin tener que pasar por el Palacio Arzobispal. Tal vez fuera eso lo que dio a esta población el carácter singular que mantiene.

En eso piensa el paseante mientras circunvala la muralla del castillo y encamina sus pasos hacia el convento de Santa Clara, un cenobio de monjas franciscanas que sobrevive gracias a la pequeña industria de sus dulces artesanales. Así que se entra por un vetusto portalón al compás del convento y llama en el torno para que una monja lo salude con el “Ave María Purísima” de rigor.

Los dulces son buenos, aunque ahora los fabricados con todas las de la ley artesanal sólo los hagan por encargo. La toma de contacto sirve también para que nos den las llaves de la iglesia y podamos entrar en ella y leer en las páginas de su estilo los cambios de la Historia.

Su cúpula, sus arcos y su decoración son la antítesis del templo que habíamos visto poco antes: se había producido una nueva coyuntura histórica y a la Orden santiaguista había sucedido una casa señorial de nuevo cuño, los Centurión, comerciantes genoveses enriquecidos con las deudas del Emperador, gracias a las cuales fueron comprando lugares de encomienda, desde Monesterio en la falda de monte de Tentudía, en Badajoz, hasta estos montes estepeños.

 

Ellos fundaron este convento en cuyo templo resplandece el barroco, lo mismo que en la iglesia de San Francisco, situada en el extremo opuesto de la planicie.

Francisco y Clara, los dos hermanos que en Asís cambiaron la pobreza por la contemplación, son las dos alas de este pájaro vegetal que corona los olivares que se extienden hasta más allá de donde alcanza la vista a lo que, ya en el descenso, ha dado en llamarse el Balcón de Andalucía.

El nombre es indudablemente exagerado, pero el panorama visual tiene la grandeza de una metáfora y descubre esas tierras míticas de la Andalucía de los bandoleros mitologizada por los escritores franceses en la literatura del siglo XIX: todo lo de ahí abajo se llamó popularmente “los santos lugares” porque fueron refugio de proscritos en los que las fuerzas regulares evitaban adentrarse.

La Cueva del Gato, óleo sobre lienzo del pintor Manuel Barrón y Castillo (1814-1884)

La Cueva del Gato, óleo sobre lienzo del pintor Manuel Barrón y Castillo (1814-1884).

La imagen muestra una estampa romántica de esta cueva como refugio de bandoleros. Esta sima es una de las más importantes e imponentes de España, pues cuenta con agua permanentemente, y tiene numerosos lagos y sifones. Su peligrosidad es muy alta debido a que la variabilidad de los cauces de aguas subterráneas cuando se dan lluvias torrenciales. Está ubicada entre los municipios de Montejaque y Benoaján, (a unos 15 km. de Ronda) en la provincia de Málaga, y está integrada en el Parque Natural de Sierra de Grazalema.

De Estepa era Juan Caballero, lugarteniente en la partida de José María El Tempranillo, nacido en un pueblecito cuyos perfiles podemos intuir desde aquí: Jauja. Cabalgó con él sobre caballos que estaban en boca de todos; recibieron juntos el perdón real de la copla y también los piropos de sus labios. Todavía se cantan y se bailan sevillanas que en su estribillo aluden a sus amores:

Juan Caballero
   por unos ojos negros
   fue bandolero.

Partiendo verticalmente la tierra y el cielo se yergue una torre paradigmática: la que don Antonio Bonet Correa escogió como para la portada de su obra monumental El Barroco Andaluz. A primera vista se diría es la Torre del Concejo de algunas poblaciones como Aguilar de la Frontera. Pero esa es una impresión engañosa: fue la de la iglesia de la Virgen de la Victoria, otro convento de la familia franciscana llegado aquí con aquellos patricios italianos en el siglo XVI. Del monasterio apenas quedan unos muros con aires de ruina romántica que algún veduttista podría haber llevado al lienzo, pero ella ha quedado como símbolo de la ciudad y de la gracia que puede ser trasplantada al ladrillo.

Restos importantes del templo de los Mínimos están repartidos por otros como si fueran reliquias. De él proviene la portada lateral de la parroquia de San Sebastián que se alza en un lugar que antes era extramuros y ahora centro de la Estepa burguesa. La portada de los pies del edificio, de un estilo Renacimiento tan primitivo que aún le quedan soplos de mudéjar, revela su construcción anterior y también orígenes modestos. Pero ahora está plenamente engarzada constructiva, social y sentimentalmente con el caserío del XVIII y el XIX de ventanas y balconadas ampulosas que se alinea en las calles llanas que encintan el cerro. Cada una de ellas es una marca del tiempo, que indica cómo se fue produciendo el crecimiento de la población. Las que están en cuesta, por el contrario, la sostienen, la aguantan y de ello dan fe los abundantes arcos edificados para soportar el peso de los muros.

Fachada del Palacio del Marqués de Cerverales

 Fachada y esquina barroca de la casa palacio conocida como del «Marqués del Oro»

Sobresalen en todas las casonas que alardean de llegar hasta la misma línea de palacios de líneas gráciles en el exterior como el del marqués del Oro; calles sin árboles de ciudades viejas en las que sólo las rejas rompen la alineación de la cal. De vez en cuando se abren a una plaza, como ésta que encierra a la iglesia del Carmen, una bombonera del barroco en la que no existe tregua para la línea recta ni límites para la combinación de los tonos marmóreos.

Las hileras de casas se salpican de pequeños comercios que aún retienen jirones de una sociedad decimonónica, que muestran en sus escaparates piezas de ajuar en desuso, panes de otra época, que rezuman todavía el tiempo esplendoroso de los artesanos, ermitas guardando devociones íntimas, el antiguo pósito que pasó, como un jornalero, por los cometidos más diversos.

Así hasta el Salón y la Plaza de Abastos, lugares de recreo y de avituallamiento de las generaciones que hicieron de Estepa un lugar industrioso y que ahora centran, con el ayuntamiento, las manzanas por donde discurre el ir y venir de cada día.

Vista del patio central del Mercado de Abastos de Estepa @Ayuntamiento de Estepa

Vista del patio central de la Plaza de Abastos de Estepa.

Vista del patio central de la Plaza de Abastos de Estepa un día de mercado.

Los talleres que llevaron a cabo el milagro se han convertido en fábricas y se han ido abajo del todo, junto a la Autovía, dejando que la ciudad conserve aromas de otras épocas y el discurrir de una vida apacible.

Clausewitz también podría haber dicho que la vida en la Estepa de hoy es la continuación de la del pasado por otros medios.


Antonio Zoido

Es escritor

 

Agradecimientos:
Delegación de Turismo del Ayuntamiento de Estepa.

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