Cuando la Alhambra estuvo en ruinas

El proceso de restauración del monumento hasta el incendio de 1890

La Alhambra ha inspirado a artistas, a historiadores, a arqueólogos e incluso a visitantes sin más ánimo que el placer de observar sus palacios o recorrer sus calles y jardines. Desde siglos atrás, una idea permanece fija en quien mira la Alhambra y es el contrasentido de un concepto, el de lo efímero y su fuerza.

Los pintores románticos dieron ambas versiones. Buscaban el aspecto ruinoso de la Granada mora o describían palacios idealizados cuya finalidad artística era más estética que real.

Con todo, en algo seguimos coincidiendo desde entonces. Nos impresiona tanto su magnificencia que impide a nuestra vista descubrir el más pequeño detalle de ruina o deterioro. Una estrategia involuntaria la de estas piedras, que incentivó la dejadez a la que se sometió el monumento durante años, pues ni el gobierno debió caer en la cuenta de que necesitaba una restauración definitiva.

La Alhambra corrió serio peligro de muerte. Es necesario recordar que la Alhambra pudo desmembrarse, pudo desaparecer y que nosotros, en alguna medida, contribuimos a ello. Tal vez de esta manera la respetemos más la próxima vez que la visitemos.

La Alhambra conoció a muchos invitados irrespetuosos. Los primeros y más conocidos, fueron los franceses. Cuando invadieron España siguieron su espíritu devastador. En el caso de la Alhambra maltrataron más que expoliaron. El Patio de los Arrayanes se convierte en almacén de proyectiles, al Patio de los Leones se le arranca su solería y se planta en él un jardín de rosas, jazmines y arrayanes muy al estilo francés imperante en la época. La Torre de la Cautiva ve desaparecer sus ricos artesonados, puertas y vestíbulo. El desatino continúa hasta 1812, cuando, afortunadamente, evacuan la Alhambra y como recuerdo dejan minas por todas partes, consiguiendo volar ocho de las torres del recinto. Gracias al ya famoso José García, cabo de inválidos, a quien se recuerda en una placa actual en la Plaza de los Aljibes, se consiguió paralizar esta barbarie, con todo, muchas torres ya no fueron lo que eran. La Torre de los Siete Suelos, por ejemplo, imponente puerta, quedaría mutilada para siempre.

Detalle de la Torre de los Siete Suelos de Guirault de Pranguey.

Detrás puede verse la Puerta de la Justicia. En la famosa Torre de los Siete Suelos se abrió más tarde una taberna muy popular y un hotel que perduraría hasta 1936.

La Alhambra, una vez abandonada, vacía de moradores extranjeros, quedó a expensas de los otros vándalos, los propios, es decir, los españoles. El Patio de los Arrayanes quedó a merced de los mercenarios, de los borrachos, que esparcían sus tenderetes para disfrutar del agua de su estanque central en los días calurosos. Otros estanques se destinaron a lavadero público.

Las torres del recinto empezaron a habitarse. Algunas por artesanos otras por gente de otras condiciones. Los gitanos se apropiaron de casas moriscas y dentro de ellas harían fogatas. Y, desde luego, no hay que olvidar a la gran variedad de mendigos e inválidos que aprovecharon las zonas vacías de la Alhambra para acomodarse, lugares apropiados por estar lejos de la medina y más protegidos de las inclemencias del tiempo.

Un buen día de 1829 el escritor americano Washington Irving llegó a la Alhambra y la convirtió en protagonista de sus cuentos. “…Sus escritos sobre el estado de la Alhambra avergonzaron de tal manera que por fin el Gobierno decidiría prestar atención al recinto.”, dice José Álvarez Lopera en su famoso artículo, tal vez el mejor que se haya escrito sobre el proceso restaurador de la Alhambra -“La Alhambra entre la conservación y la restauración (1905-1915)”. Su llamamiento sobre la ruina del edificio y luego la fama que adquirieron sus cuentos en el extranjero promovió un interés sorprendente, porque en España empezaron a preguntarse sobre el valor de unas ruinas que, de tan conocidas por los españoles, no causaban interés. Sin embargo, fueron el reclamo para una gran variedad de extranjeros que visitarían la Alhambra, entre los que se encontrarán pintores y escritores de renombre, como Théophile Gautier, Richard Ford, Alejandro Dumas o Hans Christian Andersen.

Decía Washington Irving: “La Alhambra se encuentra en un rápido y similar estado de transición. Cuando una torre empieza a desmoronarse, se adueña de ella una andrajosa familia, que ocupa, en compañía de murciélagos y lechuzas, sus dorados salones, y que cuelgan sus harapos, dechado de pobreza, en sus miradores y ventanas”.

Irving no sólo describió. También despertó un sentimiento dormido. Con la mentalidad de su siglo, el XIX, y todo lo que implica de irracionalidad en temas arqueológicos, comprendió que el deterioro de la Alhambra era inminente y que había que actuar. En sus habitaciones descubrió que otros antes que él habían llegado al recinto y sin embargo habían decidido participar de su maltrato imponiendo su engreimiento a la conservación artística. Así descubrió las firmas en las efímeras paredes de la Alhambra de Chateaubriand, de Byron o de Víctor Hugo. En aquel momento acompañado por su fiel amigo, el diplomático ruso, el príncipe Dolgorouky, ideó el Álbum de la Alhambra o Libro de Firmas, para “asegurar una larga existencia a los recuerdos de los viajeros, y preservar juntamente el edificio de las grandes injurias”, aclararía el príncipe.

 

Torre de las Damas pintada por Frederick Lewis a principios de 1834.

Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife.

Torre de las Damas todavía sin restaurar a principios del siglo XX.

Autor: Torres Molina. Archivo del Patronato de la Alhambra y Generalife.

Viajeros de distintas partes del mundo, preferentemente europeos, deseosos de viajes exóticos no querían arriesgarse a los peligros de Oriente, descubrieron en España el lugar perfecto para buscar aventuras. Artistas de todo el mundo encontraron en Granada, y particularmente en la Alhambra, un filón; los pintores porque nada había en la ciudad que no fuera susceptible de ser pintado, dada su belleza y valor artístico; a los escritores les ocurrió más de lo mismo, unos lamentaban el deterioro de la Alhambra, otros la ensalzaban admirando sus bellas ruinas y otros la imaginaban cuando era habitada por sultanes y concubinas.

Girault de Prangey, quien dibujaría uno de los primeros libros de la Alhambra en 1832 diría: “De todas sus glorias, de todas sus maravillas, a la Alhambra sólo le quedan aquellas que ni el tiempo ni los hombres le han podido quitar y que son su cielo y las brisas perfumadas de sus montañas; pero sus palacios de oro y de azur, sus mezquitas de cúpulas radiantes, sus minaretes, incluso sus jardines, todo ha desaparecido. Dos o tres conventos, algunas familias miserables, establecidas entre sus ruinas, viejos inválidos que se mueren de hambre, estos son actualmente los sucesores de los Reyes”.

En ese mismo año, David Roberts y John Frederick Lewis realizaron el mejor álbum pictórico de toda la Alhambra. Sus láminas se siguen distribuyendo aún en las tiendas de recuerdos y sean reales o no, han quedado y quedarán en nuestra memoria como símbolo de lo que fue la Alhambra y nunca más será.

David Roberts utilizó su arqueología fantástica para poner donde claramente no había, cambiando iglesias o acentuando el carácter ruinoso de los edificios o murallas, según le convenía, siempre con la finalidad de contribuir a un cuadro más romántico y visual. Le apasionaban los paisajes y propagó una Alhambra fundamentalmente cósmica y universal. Lewis, fue más minucioso, se introdujo en el palacio, definió sus mocárabes e incorporó figuras y dotó a sus cuadros de un carácter más humano. Ambos contribuyeron a realizar una imagen global del edificio que ha sido muy útil para los que, en el futuro, decidieron restaurarla y luego conservarla.

Postal de la Alhambra donde se aprecian las tejas vidriadas y la cúpula de estilo oriental.
También se observa el añadido de la fuente, una segunda pila.

Al hispanista Richard Ford, hay que agradecer, sin embargo, su estudio pormenorizado de los españoles del momento. Observó desde una perspectiva tolerante las costumbres españolas y de ahí surgieron libros imprescindibles como Las cosas de España o Manual para viajeros por España. Sin embargo, siendo abanderado de críticas feroces contra la desidia de los gobiernos y amando como amaba nuestra tierra, no tuvo ningún inconveniente en dejar su firma en el borde de la taza de la Fuente de los Leones, grafiti que descubrieron al desmontar los leones el pasado año 2007 para su restauración. Tal vez sólo deseaba dejar constancia de su paso por la Alhambra, porque a pesar de su hispanofilia, tenía que hacerse notar, como buen inglés que era.

El Patio de los Leones fue la parte de la Alhambra más denostada. Théophile Gautier, autor de La novela de la momia, durmió en el suelo del patio durante algunas noches y mientras enfriaba su vino en la famosa fuente. Siendo el patio de arquitectura más delicada, causaba sensación en los visitantes pero también defraudaban sus escasas dimensiones, manipuladas por los pintores románticos.

Años más tarde, llegando ya a la mitad del siglo, la intrépida viajera Josephine de Brinkmann escribiría: “¡Qué vista más adorable!, Pero ¡Cómo entristece el alma ante el montón de ruinas que se ven por todos los lados!” … “A cualquiera que tenga el gusto por las artes y por la historia debe encogersele el corazón al ver el estado de abandono en el que se encuentra, al ver estas deliciosas paredes y sus encajes hundirse por todos los sitios”.

En 1847 fue nombrado restaurador adornista Rafael Contreras. Este hecho, que debería haber supuesto un antes y un después en la Alhambra no alcanzó las consecuencias esperadas. Muchos son los nombres que desde esta época habría que asociar al monumento y considerarlos guardianes de la Alhambra. Manuel Gómez-Moreno González, quien estará siempre ojo avizor en la actuación de Contreras, dijo de él que desde el tiempo en que fue nombrado conservador “notase mayor respeto a lo antiguo pero es de lamentar la ligereza con que a veces se procede”.

Ya en 1835 se había añadido, sin ninguna base fundamentada, una segunda pila a la Fuente de los Leones. Con este detalle caprichoso, se confirmaba la vulnerabilidad de la Alhambra. Nuevamente se había caído en otras manos, no expoliadoras pero sí arbitrarias. Sin embargo, uno de los sucesos más sonados en la Granada de su tiempo fue el enfrentamiento entre dos posturas muy distintas, aquéllos que deseaban restaurar el monumento volviéndolo a su estado original y aquéllos que sólo deseaban conservarlo, atender a sus necesidades más básicas de mantenimiento.

 

Galería norte del Patio de los Arrayanes tras el incendio de 1890.
Foto atribuida a A. Barrencheguren. Archivo Patronato de la Alhambra y el Generalife. Catálogo de la exposición Imágenes en el tiempo, un siglo de fotografía en la Alhambra. 1840-1940.

Rafael Contreras provenía de una familia de gran arraigo en la ciudad. Tenía poder pero no era arquitecto. Con especial virtuosismo para las miniaturas, una de las cuales, la de la Sala de las Dos Hermanas, fue famosa en su tiempo, decidió transformar la Alhambra en un palacio de las Mil y Una Noches. De esta época son las cupulillas y tejados vidriados en los Patios de los Leones y de Comares, caprichos muy personales que durarían en el monumento hasta la actuación del notable arquitecto y arqueólogo Leopoldo Torres Balbás casi un siglo después.

Lo mismo ocurrió con los alicatados, que tomaron un tono colorista, muy distinguido y pintoresco, pero sin ninguna base artística. “Con ello introducía, al margen de inexactitud o falsificaciones, con total menosprecio del papel del tiempo y de la historia, un factor de discordancia entre lo restaurado y lo que no lo estaba, que iba, a ojos vista, en contra de la unidad total de la significación del monumento”. (Álvarez Lopera).

Los fotógrafos fueron los testigos más fieles de este proceso. Fotografías tomadas en 1855 muestran un Patio de Comares apuntalado. Tres años más tarde, se fotografía el templete oriental del Patio de los Leones y las vigas y palos sujetándolo no pueden ocultar ya su lamentable estado de conservación. En algunas fotos, conocidas por exposiciones recientes, nos admiramos de que, por aquel entonces, aún haya presencia privada en los palacios, se ve claramente cómo tienden ropa en alguna de las ventanas. La Torre de Machuca y su patio provocan una tristeza incontenible con sus artesonados rotos, sus malas hierbas creciendo entre lo que fue, en otros tiempo, lugar de reposo real.

 

Pero si creemos que la ruina de la Alhambra era ya inminente estábamos equivocados, pues todavía quedaría por venir el horror de todos los monumentos: los incendios.

                        “El palacio de los monarcas nazaritas ardía: voraces llamas amenazaban destruir la más rica joya que heredamos del arte árabe…” Así describía lo sucedido el 15 de septiembre de 1890 el diario La ilustración española y americana.

La Alhambra ya había sido nombrada monumento nacional y su situación empezaba a generar muchas opiniones contrarias. Arquitectos, arqueólogos, conservadores, historiadores… todos y cada uno de ellos creían tener razón en las decisiones tomadas sobre el monumento, pero la tarea no era fácil, pues al restaurar, como se estaba haciendo, se perdía de vista la necesidad de conservar las zonas más dañadas.

No es demostrable que el incendio del 15 de septiembre fuera provocado, pero así se creyó y se dijo sin ningún género de dudas. Francisco de Paula y Valladar en su libro El incendio de la Alhambra dice con total franqueza que “el incendiario, si es que, como es lógico creer, existe, había meditado bien su obra: el ala de Levante del patio de la Alberca es hoy el punto de unión de cuanto notable encierra el alcázar”. Y fue allí donde más vilmente actuaron las llamas. No era el primer incendio del palacio, la misma zona, había quedado ya dañada siglos antes. La Sala de la Barca fue la más cruelmente atacada, su techumbre se perdió totalmente, siendo único ejemplar, dice Paula y Valladar, de sus características. El fuego atacó también al vestíbulo del Salón de Comares y los setos del estanque, que afectó indirectamente al Patio de los Leones. La restauración que años antes había acometido en esta parte Contreras se había esfumado con lo que aún quedaba de auténtico nazarí. Algunos días después, pero con asombrosa rapidez, los restauradores volvían a tener dinero fresco enviado por el gobierno para enfrentarse al desastre. Podría haber sido un buen momento para establecer una prioridad elemental, la de ajustarse a una realidad más lógica, pero venció nuevamente la fantasía oriental de Contreras y se volvieron a levantar las cúpulas sobre las tejas vidriadas. El dinero sólo dio para dos años más, en agosto de 1892, cesaron las obras ante la falta de recursos económicos.

Primeras fotos de la Sala de la Barca tras el incendio de 1890.

La sala permaneció así hasta que se terminó la restauración en 1964.

Autor: Torres Molina. Museo Casa de los Tiros de Granada.

La Alhambra y la realidad actual.

Es muy difícil imaginar cómo era un monumento en su estado original cuando sólo se tienen ruinas para reconstruirlo. Es el mayor de los inconvenientes a los que se enfrentan los arquitectos y arqueólogos. A fin de cuentas los enfrentamientos que tuvieron lugar entre conservadores y restauradores no parece que puedan disiparse. Hay que reflexionar sobre la gestión de un monumento tan importante y qué prioridad ha de tener el turismo. El turista es un pequeño expoliador, toca, arranca y pisa, sin malas intenciones, desde luego, pero confirma la idea de que todos llevamos un pequeño vándalo dentro de nosotros. Habrá que dar un voto de confianza al turismo, con el cual la Alhambra tiene una relación simbiótica y confiar en las palabras de Irving:

Cuando se contempla la maravillosa tracería de los peristilos y el frágil, en apariencia, calado de los muros, se hace difícil creer que todo esto haya sobrevivido al trasvés de los tiempos, a las sacudidas de los terremotos, a la violencia de la guerra y a las pacíficas, aunque no menos dañosas, raterías del entusiasta viajero, lo que basta para justificar la popular tradición de que todo aquí está protegido por un mágico hechizo”.

 
Por Carolina Molina. Es periodista y autora de novela histórica.

 

Para saber más:
-Casas y Palacios nazaríes (siglos XIII-XV). Antonio Orihuela Uzal. Ed. Lunwerg /El legado andalusí. 1996.
– “La Alhambra entre la conservación y la restauración (1905-1915).” Álvarez Lopera, José. Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada. Granada, 1977.
-El incendio de la Alhambra. Francisco de Paula Valladar. 1890.

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